La extraña fuente que buscamos

Autor:

Ricardo Ronquillo Bello

«...Los que hoy empezáis a vivir estáis ya muertos, es decir, muertos del alma, sin entusiasmo, sin ideales, canosos por dentro; que no sois sino máscaras de vida, nada más».

Este es el grito desgarrador que lanza en algún momento de su historia el «doctor Z», quien conduce el extraño hilo de una historia en algún cuento de Rubén Darío.

Tras años de infructuosa búsqueda de la verdad por todo el mundo, el personaje de la narración comprende que, definitivamente, no es en la ciencia, sino en el amor, donde se halla la respuesta a sus inquietantes dolores.

Esa simple verdad la encuentra la narración en una niña que el personaje había dejado de ver 23 años atrás. Sin embargo, permanecía idéntica, el tiempo se había detenido en ella...

El escritor francés Conde de Rivarol se respondió mucho antes que el genio nicaragüense sobre la única forma de alcanzar esa tan explorada y ansiada fuente de la eterna juventud: «Cada dogma tiene su día —afirmaba— pero los ideales son eternos».

Y las revoluciones deberían llevar siempre en su yo interno un doctor Z. Con el personaje «rubendariano» obtendrían el milagro de inmovilizar el espacio temporal; de no envejecer sino renacer; reverdecer siempre con los ardores invencibles del amor.

Puede acudirse a este relato mientras Cuba alcanza esa mitad asombrosa de 50 años de Revolución. Como sabemos, lo hace con una retadora balanza frente a ella. De un lado las esperanzas y esa fiebre amorosa y redentora; del otro, incitantes brumas.

Por estos días podemos tropezarnos con ambos espacios de la báscula. Alguien comentaba a sus amigos por el barrio, que Cuba lo que necesita es acabar de encontrar una «veta de petróleo». Para este hombre, en las entrañas del Golfo de México puede estar el «oro negro» de nuestra salvación, el chorro de la abundancia que alivie la marcha del destino nacional. Encontrando un «pozo» —decía— podemos salirnos de una vez del que nos dejaron el período especial, años de acoso y bloqueo yanqui, y tempestades diversas.

Confesemos que muchos añoramos un yacimiento semejante, sobre todo en los últimos tiempos, cuando desde las profundidades marinas parecen venirnos señales salidas de leyendas bíblicas, que darían un nuevo tono al alcance de nuestra tierra prometida.

Pero coincidiremos en que este tipo de esperanzas pudieran estar acompañadas de algunas sombras. Al menos duras interrogantes: ¿Adónde fue a parar el hálito salvador de los abundantes yacimientos petrolíferos soviéticos? ¿Acaso no se agotaron en la pereza y la inercia de una burocracia paralizante...?

Deberíamos advertirnos contra cierto pragmatismo rudimentario que camina entre nosotros, pese a su lógica por las circunstancias y las carencias que lo alimentan. Hay quienes parecen cantar a las cuatro esquinas la filosofía del dramaturgo estadounidense Arthur Miller, para quien todo idealismo frente a la necesidad es un engaño. O la del psicólogo y psiquiatra austriaco Alfred Adler, quien sostenía que los únicos ideales que vale la pena tener son los que puedes aplicar a la vida diaria. Y al mundo...

Interesantes y pragmáticas ideas, aunque entre las fronteras de esta Isla debería estar bien aprendido que a una revolución solo la sostienen y la alimentan los sueños. El único yacimiento inagotable debería ser el de los ideales. Pues como contestó alguien a nuestro pragmático personaje: «el petróleo ayuda, pero no salva, al menos a una revolución». Eso es verdad probada.

Como en la historia de la muchacha simbólica, siempre joven, de Rubén Darío, podemos preguntarnos: «¿Sabéis lo que es la ciencia y la inmortalidad de todo?: Un par de ojos azules... o negros...». Es preciso asumir que no es posible vivir sin ideal, ni sensación de porvenir.

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