El ingrato

Autor:

Luis Luque Álvarez
No hay enfermedad como la ingratitud. Y de ella padece, según los recientes síntomas, George W. Bush. El pasado martes, Su Peligrosa Majestad quiso honrar a quienes ha considerado sus mejores aliados durante los últimos ocho años, a saber, el presidente colombiano Álvaro Uribe; el ex primer ministro australiano John Howard —terror de los derechos de los indígenas en la isla-continente—, y al ex gobernante laborista británico, Tony Blair, amigo de bares y cantinas en la bacanal sangrienta que ha sido la ocupación ilegal de Iraq.

A las solapas de estos fue a parar la Medalla de la Libertad, galardón con el que los mandatarios norteamericanos suelen reconocer a los individuos que, en su opinión, han realizado «una contribución especialmente meritoria a la seguridad o los intereses nacionales de Estados Unidos, la paz mundial, cultural, o en otras importantes iniciativas públicas o privadas».

Veleidosa condecoración, por cierto, pues lo mismo ha servido para honrar a bienhechores como la Madre Teresa de Calcuta, a luchadores sociales como Martin Luther King, y a personalidades artísticas de gran renombre, como el tenor Plácido Domingo, que a cordiales amigos del terror, como Henry Kissinger, favorito de Pinochet; o Ronald Reagan, responsable de ríos de muerte en Centroamérica durante los años 80.

El martes, hubo abrazos y sonrisas. Pero... faltaba un muchacho.

Era Chemita el ausente. O sea, José María Aznar. Y es censurable, es triste que Jorgito lo haya olvidado, porque ¿quién si no el ex presidente del gobierno español tuvo tanto celo por la libertad, como para venir a Latinoamérica, a reclutar cipayos para la aventura árabe del amigo que vive sus últimos días en Washington? ¿No fue él quien dio la autorización para que aterrizaran en España los aviones de la CIA, con su carga de torturados o candidatos a la tortura?

Mala suerte, José María. Y van dos. Ya en 2003 el Congreso de EE.UU. le otorgó su Medalla de Oro también a Tony el británico —«¡maldita Albión!», estarás pensando—, ¡en vez de dártela a ti! ¿Pero qué quería el ingrato de George? ¿Que te pusieras de alfombra a la entrada de la Casa Blanca? ¡Eso no!, que tú tienes dignidad.

Debes estar sufriendo tanto...(¡snif!).

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