Rubén desde la insomne majestad del sacrificio

Autor:

Julio Martínez Molina

En El fuego de la semilla en el surco, el libro que Raúl Roa le dedicara a Rubén Martínez Villena, escribió que lo admiró y quiso sin tasa desde el primer día que lo conoció. «No exagero, me magnetizó. A muchos les ocurrió igual». La personalidad de Villena era así de subyugante.

El propio Roa concibe una perfecta descripción del joven habanero de pupila insomne en el referido volumen, publicado por Letras Cubanas en 1982:

«La apostura de Rubén emergía de su ignición interna, como surge de brasas invisibles el ardor que estremece la escultura dionisíaca. De estatura mediana, cuerpo frágil, cabellera tempestuosa de reflejos entre castaños y áureos, palidez con leve tinte rosáceo, frente cogitabunda, nariz venteante, labios finos, mentón partido y manos elocuentes.

«Pero lo que más sobresalía de su estampa física eran sus ojos verdes transparentes y taladrantes, verdeazules a veces, ora rojoverdes, según los encandilara el entusiasmo o la indignación. Cuando abría los párpados de improviso, daba la extraña sensación de que se le fugaban un instante de sus órbitas».

Tanto este autor como otros hombres importantes de la historia y la cultura cubanas que lo recuerdan en sus textos, suelen destacar la deliciosa ironía del joven intelectual revolucionario, decidor y jovial con los conocidos pese a su sobriedad en el trato externo.

Villena, de cuyo deceso se cumplen hoy, 16 de enero, 75 años, constituyó eslabón clave en el impulso de la lucha antiimperialista de la clase obrera y las masas populares en la historia de los primeros años de la seudorrepública.

Genuino continuador del ideario independentista enarbolado desde las luchas emancipatorias del siglo XIX, Rubén se entregó, en ofrenda ética, humana, de principios, a una causa a la cual dedicó todo, sin pensar, la mayoría de las veces, en sí mismo, ni en su quebrantada salud.

Tanto fue así que soslayó reclamos y advertencias de médicos que no veían nada bien el desarrollo de la enfermedad pulmonar, que a la larga segó tempranamente su vida, cuando solo tenía 34 años.

Propulsor de esa señal rebelde de su generación que fue La Protesta de los 13 —acción denunciatoria de turbios negocios sucios emprendidos por el desgobierno de Alfredo Zayas—, además fundó, junto a Julio Antonio Mella, la Universidad Popular José Martí y la Liga Antiimperialista de Cuba, en 1923 y 1924, respectivamente.

Sostén ineludible de las huelgas de marzo de 1930 y la crucial de agosto de 1933 contra la tiranía de Gerardo Machado, gestor del IV Congreso de Unidad Sindical, figura nodal de momentos culminantes de la década de los veinte y los treinta en la historia de Cuba, aun así tuvo tiempo para destinarlo a la creación intelectual.

Este abogado de formación, pedagogo por hechos, martiano de fibra en verbo y consecuencia, comunista desde 1927, defensor e introductor del pensamiento marxista leninista aquí, fue también gran prosista y magnífico poeta digno de figurar en todas las antologías del género, por piezas como La medalla del soneto clásico, El cazador o El anhelo inútil.

El líder del Grupo Minorista —integrado por jóvenes que se oponían a las relaciones humillantes de la neocolonia con los amos norteamericanos— conoció el destierro y la cárcel por rechazar los desmanes y tropelías de Machado, «el asno con garras», como le llamó.

En la breve e intensa vida de este símbolo de joven revolucionario, hubo tiempo para conocer el amor; y de la bella unión con su querida Asela nació Rusela: la fusión en un nombre del de ambos padres.

Nacida a inicios de la década de su muerte, la niña pudo tenerlo vivo durante muy poco tiempo, pues la tuberculosis terminaría aquella increíble existencia que dio lugar a tanta grandeza en tan poco tiempo.

Su compañero, Pablo de la Torriente Brau, recordó así el entierro de Martínez Villena: «Una marejada roja de estandartes cubrió las calles en el desfile (...) y como en un rumor gigante, emergió potente y vindicadora, la ronca Internacional de los Trabajadores».

«Y él, que sembró su sangre en rojas sementeras, debe esperar que alcen su luz las primaveras», sentenciaría el poeta Manuel Navarro Luna

Rubén tendría, definitivamente, esa luz como la carga contra los bribones por la cual clamó en inmortales versos, el 1ro. de enero de 1959, comienzo de un proceso que se extiende ya a través de medio siglo y constituye la principal recompensa al sacrificio de su lucha.

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