Cumbres

Autor:

Juventud Rebelde

Si alguien con necedad quiere ocultar la confrontación entre los sistemas capitalista y socialista, que trate de definir la diferencia que hay entre las cumbres de Belem (Brasil) y Davos (Suiza), no solo por la identidad de quienes representaron a nuestro mestizo continente, marcando hasta en eso la diferencia entre una y otra reunión: Evo, Correa, Chávez y Lugo, en la tierra de Lula, y la otra cumbre, de los pelucones millonarios en el ultradesarrollado y exclusivo Davos: el mexicano Felipe Calderón y el colombiano condecorado por Bush antes de expirar, Álvaro Uribe.

Los primeros rodeándose de gente con olor a pueblo, a poncho, a sudor de trabajo; los otros, codeándose con cashemires, Rolex, Gucci, Rabanne...

Los de izquierda, forjando la identidad de un socialismo contemporanizado (no moderno, que filosóficamente consolida las estructuras existentes), en el que tenga prioridad la integración y la unidad de los pueblos y gobiernos afines, para construir la justicia social, las equidades, la solidaridad, el fraternalismo: tareas desde luego complejas y difíciles, porque se trata de desmontar, de desenmascarar y de combatir las taras y vicios engendrados por el capitalismo (egoísmo individualizado, prepotencia, discriminación, marginación, exclusión, mediocridad, analfabetismo, desnutrición, corrupción).

La derecha millonaria, dándole respiración boca a boca al agonizante neoliberalismo que, como no tiene varita mágica, no atina a encontrar solución y ahora, como en 1930, le tocará parte del castigo generado por su avaricia y gula y no reacciona ante ningún estímulo.

A toda la humanidad, sin excepción, con más dureza al explotado tercer y cuarto mundos, nos tocará pagar los platos rotos, aunque no hayamos recibido más que migajas durante el banquete de los poderosos.

Lógicamente, los agentes serviles de la peluconada criolla, en forma ladina y descarada, pretenden responsabilizar al socialismo de los latigazos que recibe la economía latinoamericana por parte de quienes hicieron de la coyunda de la deuda externa su única preocupación respecto al desarrollo de esta región.

Algunos de ellos son tan desnaturalizados, que acusan a Correa de haber «despilfarrado» recursos por haber invertido en salud, educación y protección social, en lugar de haber guardado el dinero para la época de las «vacas flacas», como si este paisito, campeón de la inequidad y de la desigualdad social, alguna vez hubiera gozado (como sí lo hicieron los pelucones) de épocas de «vacas gordas, obesas».

La pequeñez mental conduce a los voceros de la real oposición (la periodística, porque la partidista sigue en mutuo descuartizamiento) a querer ocultar con un dedito lo que pasa en el mundo entero, para tratar de convencer a los partidarios de la revolución ciudadana que la crisis es culpa del gobierno.

En Belem se siguió colocando los cimientos para la unidad latinoamericana, sustento esperanzador con el fin de hacer frente a los coletazos que desparrama en sus estertores de muerte el neoliberalismo, expresión «moderna» del capitalismo, afectado por la irracionalidad del imperio del endiosado mercado.

¿Cuáles fueron las esperanzas empolladas en medio del llanto y la angustia de la cumbre de Davos?: hasta hoy no se divulgan. Pero serán muy diferentes a las alegres, explosivas y nacientes proyecciones de los acuerdos en la cumbre de Belem. (Fragmentos)

*Fundación Guayasamín

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