Frío en el país del rey Arturo

Autor:

Luis Luque Álvarez
Consignas xenófobas en las manifestaciones. Foto: Reuters La nieve, como si se hubieran abierto las pesadas puertas de un cielo gris, ha estado literalmente sepultando estos días a Gran Bretaña. El blancor es hermoso, y puede alegrar, pero congela los cuerpos, dificulta el paso, lleva a dar patinazos traicioneros. Y en el ánimo de muchos británicos hay también una aguda sensación de frío, y de haber resbalado y caído estrepitosamente.

La peor recesión económica desde la Segunda Guerra Mundial, es la que lo provoca. Como los bancos no prestan, las empresas recortan empleos; decenas de miles de trabajadores van a la calle con el bolsillo alicaído (desde enero han sido 50 000), y decrecen las compras. Al no vender, los productores se paralizan, y despiden a otros obreros.

Parece el modo de transmisión de un virus contagioso. Y no son gratos los síntomas. Durante estos días, obreros del sector energético se han manifestado por «empleos británicos para trabajadores británicos», en protesta contra la práctica de algunas empresas de contratar mano de obra italiana o portuguesa, y pagarle menos que a los nacionales, lo que supone una competencia desleal.

Es lamentable: ¡Trabajadores contra trabajadores! Y la circunstancia la aprovechan miembros del ultraderechista Partido Nacionalista Británico, para introducirse entre los marchantes y lanzar sus lemas xenófobos. Algo similar ocurrió en otros sitios de Europa hace 70 años: cuando la crisis apretó, los demagogos buscaron enseguida un enemigo al que culpar, y ya sabemos en qué paró la triste historia.

El desempleo, que en 2010 afectará previsiblemente a 3,4 millones de personas (de 1,9 millones en noviembre pasado), así como una tromba de indicadores negativos, tienen al gobierno del primer ministro laborista, Gordon Brown, contra las cuerdas en los sondeos de opinión. En octubre, el viento le era favorable (había dado el primer paso, antes que sus colegas de otros países ri-cos, y nacionalizado bancos en quiebra), pero a estas horas, cuando el público ve que las medidas no se traducen en una mejoría real, le chiflan al gobernante (un 64 por ciento desestima su plan) y los conservadores de David Cameron retoman la delantera, por 43 a 28 por ciento.

Es así como Brown, quien teóricamente puede convocar a elecciones durante este año, recordará su escasa vocación de mártir para evitar ir a las urnas ahora, y capeará el temporal, con la esperanza de que en 2010 la marea haya bajado y él aparezca como el invicto capitán de la nave ante una multitud de marinos. O sea, electores.

Según replicó días atrás a sus oponentes, el gobierno está empeñado en elevar las pensiones, los beneficios a las familias con hijos, las ayudas a los desempleados, y en garantizar préstamos a las pequeñas empresas (por hasta 20 000 millones de libras esterlinas, cifra que expertos creen insuficiente). Asimismo planea entregar 3 215 millones de libras a la industria automotriz, si bien, según los críticos, parte de ese dinero se perderá, porque el 80 por ciento de los autos en el país son foráneos, y serán Honda, Nissan y otros los que se tragarán el pastel.

Otro filón que ve Brown es la creación de empleos mediante el paso a una economía de poca contaminación, algo en lo que el Reino Unido ha sido visto últimamente como pionero. La paradoja es que, en este instante, se pretende construir una pista más en el congestionado aeropuerto capitalino de Heathrow. Si se considera el peso de la aviación en la emisión de gases de efecto invernadero, se puede comprender el disgusto de varios sectores sociales con el proyecto.

Un último aspecto, el militar, calza la idea de la seriedad de la crisis. En los últimos ocho años, Londres participó con entusiasmo en las aventuras bélicas de Washington. Envió soldados a Iraq, y a Afganistán, donde los talibanes demuestran cada día que su fuerte no es el fútbol, sino el lanzamiento de la granada y el tiro con AK-47.

Pero con las sombras económicas, se prevé que el gasto militar británico (ubicado en cerca de 40 000 millones de libras) decrezca. Si otros países —como Francia y Holanda— disminuirán sus tropas en Afganistán, es de prever que Gran Bretaña se vea obligada a hacer otro tanto. Y ello puede generarle muy poca simpatía en la Casa Blanca. «Pero ¿qué más puedo hacer, Barack», se encogerá de hombros Gordon.

Son estas algunas aristas de la crisis en el hoy congelado país del rey Arturo. Próxima parada: Berlín...

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