¿Una nueva oportunidad?

Autor:

Juventud Rebelde
Desde que Barack Obama se convirtió en candidato presidencial y hasta que finalmente alcanzó el «trono» de la Casa Blanca, muchos en África brincaron de alegría. La imagen del afroamericano estaba en las camisetas y los letreros de muchos que en el otro lado del Atlántico esperan una nueva mirada de la primera potencia del mundo hacia el continente más pobre y explotado. ¡Obama, la esperanza negra! ¡Un descendiente africano presidente de Estados Unidos! El jolgorio continúa...

Esta escuela pobre en Kogelo, Kenia, ha sido rebautizada con el nombre del nuevo presidente de EE.UU. ¿Optimismo o ingenuidad? Foto: AP El color café y las raíces kenianas del nuevo jefe de Washington exacerban la sensibilidad racial tanto de norteamericanos negros que no encuentran nada imposible si uno de los suyos llegó a presidente, como de los africanos que han visto a la rana criar pelos, y esperan transformaciones que saquen sus vidas de la pobreza y la marginalidad. Así sucede entre la gente de pueblo, pero también el bichito verde de la esperanza crece en la mente de muchos políticos de ese continente tan saqueado.

Sin embargo, ¿puede la administración de Obama darle a África el lugar que por derecho merece?

Sobre la mesa del nuevo presidente están asuntos mucho más trascendentales que resolver para su país —¡que no es precisamente Kenia!—, como el de encontrar en cuatro años, sino una solución, al menos un paliati-

vo a la crisis económica que deprime el bolsillo de tantos estadounidenses. Por tanto, África no puede ser una prioridad inmediata para Washington en estos momentos, aun cuando la cuarta parte del petróleo que importa EE.UU. provenga de esa región. Primero, resolver los problemas en casa, luego veremos...

De todos modos, la política hacia el continente africano está trazada desde otras administraciones, y Obama solo tiene que encargarse de mantenerla. Un ejemplo es la falsa Ley de Oportunidades y Crecimiento para África (AGOA), implementada por el demócrata William Clinton, y que busca eliminarles escollos a las transnacionales norteamericanas. Para esta ley solo califican aquellos Estados africanos con economías abiertas al mercado y que reduzcan al mínimo la injerencia del gobierno en esta.

Posteriormente, Bush materializó la creación del Comando Militar de EE.UU. para África (AFRICOM), que presenta sus objetivos con un discurso bastante seductor: fortalecer la seguridad en el continente, la lucha contra el terrorismo, así como la colaboración con esos países y las organizaciones regionales en encontrar «soluciones africanas a los problemas africanos en los ámbitos de la seguridad y la estabilidad». Sin embargo, no dejan de advertir que si EE.UU. tiene que tomar la batuta en estos asuntos, lo hará, siempre en defensa de sus intereses geoestratégicos. El mensaje, dicho sin tapujos y desnudando la verborrea diplomática de Washington, está más claro que el agua: la diplomacia mientras se pueda, cuando no, nos quitamos el disfraz y con el cañón protegeremos el control de las riquezas petroleras y minerales.

Por otra parte, Obama ha heredado varios conflictos del continente africano, a los cuales «tratará de encontrarles solución», como el de la República Democrática del Congo, el de Somalia, y el de Sudán, considerados los más mortíferos después de la Segunda Guerra Mundial.

También pendiente está la «solución» de la crisis política de Zimbabwe. ¿Qué hará? Pues de seguro continuará la ofensiva de sanciones contra la nación austral, utilizando el poder que tiene en el Consejo de Seguridad de la ONU para impulsar el bloqueo contra Harare (como la prohibición de comprar armas, y de inversiones extranjeras).

Obama y sus asesores sobre África consideran que pudieran neutralizar a China y Rusia, quienes han vetado anteriores intentos de sanciones, para que al menos se abstengan en una próxima votación en el Consejo de Seguridad. Para Washington esta nueva jugada se le revela como más viable debido a que la nueva administración pretende establecer con estas dos potencias —las mayores inversoras en Zimbabwe— una «diplomacia constructiva».

Al mismo tiempo buscan coordinar las presiones con Gran Bretaña y Francia, y convertir la epidemia del cólera en una razón para una intervención ¿humanitaria? Si esto ocurriera, los primeros médicos que llegarían allí serán sin dudas los que trabajan para AFRICOM vestidos de campaña.

Los esfuerzos también están encaminados a desplegar de una vez los 26 000 soldados de la misión conjunta de la ONU y la Unión Africana en la provincia sudanesa de Darfur.

Redondeando el asunto, las recetas son echar a un lado la fórmula «con-nosotros-o-contra-nosotros», muy practicada por Bush, cambiar la imagen de EE.UU. ante los países africanos, y «acercarse» al multilateralismo en las relaciones internacionales.

Si antes a Washington le funcionó presionar a punta de bayoneta, con respecto a África cada día tendrá que acudir más a la zanahoria. Por eso disfraza su presencia militar allí con proyectos humanitarios que nada resuelven.

Por ahora, estas son las perspectivas, ¿Desalentadoras? Sí, como para quitarle a un africano los deseos de saltar. Un nuevo horizonte para África no lo sacará Obama de la lámpara maravillosa que muchos creen que tiene. El futuro de ese continente está apresado en las manos de los intereses que pusieron al afroamericano en la Casa Blanca, y a los que tiene que defender.

El tiempo de caerse del árbol no le llegará a un África que por el momento está excitada por la materialización del sueño de ver a un descendiente suyo a la cabeza de la primera potencia mundial. Ojalá la desilusión no llegue pronto.

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