Autofagias

Autor:

Juventud Rebelde
La autofagia se describe clínicamente como un proceso por el cual la célula digiere partes de sí misma. Dicho en términos más claros y accesibles, significa comerse a uno mismo.

Divulgadores científicos señalan, en cambio, que consiste en algo fundamental para el buen funcionamiento de la célula.

Mas no parece el caso, si a la autofagia social se alude, en una libre transportación metafórica hacia un fenómeno de signo aniquilador, harto palpable, como el saqueo individualista e irresponsable de los recursos socializados.

Ya sea por ignorancia, apatía, indiferencia y por el virus destructivo de «resolver mi problema», ante y por encima de todo, conseguir lo que quiero y me interesa, se puede emprender, ciego y sordo, el camino hacia el matadero. Y de esto último se trata, aunque no se tenga o no se quiera tener conciencia de sus terribles consecuencias a corto y largo plazo.

Buena parte del ejercicio de nuestro periodismo crítico sobre producciones, servicios y la convivencia social tiene que ver con esa suerte de autofagia, que exige de seria autoreflexión e imperativa enmienda, antes de que el tejido celular del entramado colectivo continúe degradándose y termine desapareciendo irremediablemente.

Evoco solo algunos de incontables ejemplos reporteriles en estas propias páginas, como aquellos que emplazaban a inescrupulosos que sustraían angulares de torres de tendidos eléctricos y debilitaban los soportes de las vitales arterias energéticas que potencialmente dejarían a oscuras hasta los propios hogares de los malhechores.

O las podas indiscriminadas de árboles que restan capacidad pulmonar a la ciudad, los autobuses maltratados que reducen la circulación, las mermas en las normas constructivas de hospitales, que más tarde o más temprano interrumpen el funcionamiento de instituciones destinadas a la vida, debido a filtraciones o hasta desplomes.

Nadie en su sano juicio ignora nuestras carencias y limitaciones materiales y salariales y las legítimas aspiraciones a superarlas, pero el camino de abordarlo bajo estrecha mira individual, ciego y sordo a lo demás, en perjuicio de los otros, a expensas de los bienes comunes, solo entrañará a la postre un altísimo riesgo de hipotecar suicidamente el futuro.

El Estado, de todos y para todos, solidario, de ninguna manera puede convertirse en fuente de despedazamiento de los recursos que invierte, y mucho menos reemplazarse por la anarquía de los instintos y el sálvese quien pueda.

Dedicar un pensamiento a este fenómeno resulta un ejercicio urgente, como a los que tienen alguna responsabilidad administrativa velar y exigir, enfrentando la molicie cómplice de dejar hacer, emparentada al final con la corrupción en todas sus gamas.

Devorarse los valores es la peor de las autofagias, es la aniquilación, la muerte espiritual, la transmutación animal.

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