Haendel en La Habana - Opinión

Haendel en La Habana

Autor:

Luis Luque Álvarez
Cuentan que, tras la presentación del oratorio El Mesías, en Londres (1743), el prestigioso compositor alemán Jorge Federico Haendel visitó a un tal Lord Kinnoul, que debía pagarle por la obra. Este, junto con los honorarios, le agradeció el «noble entretenimiento» que había ofrecido con su música a los asistentes al teatro, a lo que el célebre autor respondió: «Milord, lamentaría mucho si solo los entretuve; yo quería hacerlos mejores personas».

¡Ojalá, Maestro, la buena música poseyera el poder transformador que se querría de ella! Los nazis, por ejemplo, escuchaban a Schubert, adoraban a Wagner, y la Novena Sinfonía de Beethoven —la mismita de la fraternal Oda a la alegría— era una de las composiciones predilectas de Adolf Hitler. Que se conozca, no por eso sus crímenes fueron menos espantosos...

Sin embargo, no estamos hablando de verdades absolutas; y sí, algo de razón tenía Haendel. Lo constatamos durante el Festival de Música Antigua Esteban Salas, cuya séptima edición concluye hoy en La Habana, y que estuvo dedicada a la figura del músico alemán, a 250 años de su muerte. A quienes asistimos a varios de los conciertos se nos impregnó, en estas heladas noches, una cálida nostalgia dieciochesca, de órgano y clavicordio, de florido altar barroco, de trompetas y violas, de barcazas iluminadas en el Támesis...

Definitivamente, el oído no pasaría de ser una anatómica conjunción de huesos diminutos, si no sirviera como canal para sacudir el alma. Porque en verdad ella tiembla, salta como la cuerda del laúd, y ordena contener la respiración y humedecer los ojos.

Como espectador —¿por qué no hablar preferiblemente de «disfrutador»?—, guardaré con intensa gratitud la selección de El Mesías, interpretada por la orquesta de cámara Música Eterna y las voces del Coro Nacional, con el maestro Guido López Gavilán al frente; la valiosa ejecución del organista Moisés Santiesteban, y la de Yasek Manzano en la trompeta, y la noche en que la solista Anolan González, con la viola y el arco todavía vibrantes de Bach y Telemann, agradeció a su mamá la hechura del vestido con que se engalanaba.

Vale la pena retribuir admiración. A ellos y a quienes dirigen, colaboran intelectualmente o aportan el recurso material imprescindible. Y a los restauradores de esos monumentos —tan o más antiguos que los acordes que en sus interiores suenan—, quienes desde el anonimato han colocado el manantial y la palma datilera para dibujar un oasis en esta Habana que envejece.

Con el aplauso final y la reverencia cortés, queda una insatisfacción: el tiempo se ha escurrido. Pero el consuelo apura el paso: la próxima semana, las enormes puertas volverán a ceder paso, y habrá concierto. Tal vez no acudan Haendel ni Vivaldi, pero serán otros: los clásicos, los románticos, los vanguardistas... Y como cubanos, respiraremos aliviados por vivir en esta ciudad. En esta, que por fuerza «capital» queda incluida, de todos modos, en cuanta gira, festival o concurso pueda imaginarse. Porque el aburrimiento, que lleva a atorar el alma con falsos remedios, acecha dondequiera, como un agujero negro en el espacio...

Y no me cabe duda: Cuando seamos átomos de polvo, cuando nadie recuerde cómo se pronuncia la palabra «reguetón», e incluso se dude de que alguna vez alguien se atrevió a llamar «loca y arrebatá» a una mujer en un canción bailable, todavía el exultante Aleluya del compositor alemán y el legado de sus mejores contemporáneos persistirán en embrujar amablemente el aire de las salas de concierto, y golpearán con insistencia a las almas de piedra. Aunque no siempre se pulvericen...

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