Para no perder la brújula

Autor:

Julio Martínez Molina
La Revolución, preocupada desde el primer día por elevar el nivel cultural de los cubanos, instauró un esquema docente y un sistema institucional de la cultura que favorecen el aprendizaje de las manifestaciones artísticas.

Consecuente con su línea histórica, en la actualidad en las escuelas del país los instructores de arte desarrollan talleres donde, entre otras, impulsan la apreciación del arte musical.

Existen, por otro lado, decenas de grupos musicales infantiles en cada una de las provincias. En Cienfuegos, por ejemplo, este 28 de enero, se fundó la Orquesta Sinfónica Infantil.

Dos radioemisoras nacionales especializadas transmiten una programación diaria basada en parte de lo mejor de la música instrumental mundial.

Y varias provinciales mantienen al aire programas de este corte desde hace años. Además, muchos otros espacios del éter a lo largo de la nación insertan en sus propuestas exponentes selectos de la trova tradicional, la nueva trova, la canción política y lo mejor del rock, la balada, el hip hop y las diferentes variantes melódicas.

Todo lo anterior pesa, y tanto, que de no operar como factor de equilibrio tal entramado cultural de coherencia e intencionalidad tendente a jerarquizar calidades y variedades, las nuevas generaciones estarían sin brújulas estéticas debido al ínfimo valor de lo que mayormente es consumido, divulgado y validado sin razón.

No en balde cada reunión de los intelectuales cubanos se proyecta con fuerza sobre el tema de las jerarquías culturales en los medios y otros espacios, específicamente en un campo de dominio tan amplio en la nación como el de la música.

A efectos de la adquisición de cultura musical es igual de perjudicial el más invasivo reguetón que la «sosera» de las letras de otros «hits» que se promocionan sin compasión en disímiles programas radiales de todas las emisoras (ciertas revistas variadas provinciales ganan cualquier premio en tan negativo sentido), y televisivos, vistos por niños y jóvenes.

Al aludir al tema, primeramente debe tenerse en cuenta una verdad que, si bien no exime de culpas a los programadores de tales espacios, abre un espacio de comprensión hasta por quienes somos blanco del atentado de lesa ramplonería de su selección:

La música popular internacional (y como hecho derivado un considerable segmento de los clips acompañantes) atraviesa uno de los peores momentos de su historia, sometida como está del todo al arbitrio mercantilista de los emporios del disco, abocados a la radicalización al extremo de la ligereza, lo anodino, la misoginia, la frivolidad, un materialismo atroz y el consumo aupado como «fórmula maravillosa» de un modo de vida «superior».

En medio de este estercolero se hace difícil sacar algo en limpio, pero siempre se puede, pues existe una franja de mucho mayor calibre, promovida también por tales megapolios para promover su perfil serio (ocurre igualmente en el cine: todos los grandes estudios cuentan con las llamadas «divisiones de arte»).

Y ahí, y en otras varias partes, es donde precisa colarse el olfato y el tacto de guionistas y realizadores, para escarbar y extraer lo salvable, pues nunca serán iguales Juan Luis Guerra y Soraya, o Caetano Veloso y Paolo.

Si de lo nacional hablamos, resulta incomprensible como números que son el colmo de la orfandad artística resultan respaldados con tanta insistencia en ciertos espacios, donde permanecen durante meses en las listas de éxitos.

De esta manera, se menoscaba, desde la esfera de audiencia y recepción masiva, cuanto se refería al inicio de este comentario, al tiempo que se fragmenta, o cuando menos se debilita, el necesario trabajo sistémico, estructural en pos de ventilar el asunto con los mejores y más lúcidos aires.

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