Mi Venezuela - Opinión

Mi Venezuela

Autor:

Yailin Orta Rivera
En la noche del domingo leí con la respiración entrecortada un mensaje enviado desde la nación bolivariana. Letras tiernas me decían: «Niña mía, ¡qué emoción! Ya emitieron el boletín y no hay dudas. Todos corren y se abrazan en las calles».

Lo adelantaba mi padre —quien desde hace dos años trabaja en ese país solidariamente— para calmar mi ansiedad, minutos antes de que la Televisión cubana lo anunciara.

No pude contenerme, tenía que compartir rápido la bendita noticia. Con la voz colgada de un hilo corrí a comunicarlo a mis seres más entrañables. Entonces viajé en el tiempo y repasé algunos momentos íntimos que llevo prendidos en mi recuerdo.

Regresé a aquel día cuando en casa nos repartimos el mapa para descubrir, con aires de conquistadores, los puntos cardinales de Tovar, un municipio que se ubica al sudoeste de Mérida, allá en la zona del Mocotíes, donde también mi hermano Elvis había ido a cumplir misión internacionalista. Hasta mi mamá, junto a mi sobrina Patricia de apenas seis años, llegó a aprenderse rápidamente cada uno de los nombres de los 24 estados.

Desde entonces, hace más de un lustro, cada gesto y palabra que venga de Chávez, y cada una de las cuestas que ese país ha superado, han cobrado una dimensión especial en ese espacio personal que es el hogar. Venezuela llegó para robarnos el alma.

Y este domingo fue descomunal. Apreciamos cómo frente a un mar eufórico de pueblo, el líder venezolano ratificó, en el tono de un padre dulce y protector, que esta victoria era hasta para los hijos y los nietos de su tierra. Que prometía entregarse por entero a la suerte de su patria socialista.

También le habló a Fidel, quien de seguro conmovido, rió y disfrutó como un niño de aquel regocijo que en torbellino llegaba desde el balcón de Miraflores. Esa fiesta nos desbordó a todos, como solo lo puede la dicha de vivir en tiempos donde en América no se baja la cabeza.

El triunfo, de la más honda naturaleza popular y democrática, debe haber dejado a unos cuantos con el rostro desencajado. De seguro la soberbia desconectó más de un mensaje televisivo que proclamaba el «Sí» sobre el «No».

Qué problema. Tendrán Revolución para rato. ¿Qué hicimos mal? ¿En qué momento América Latina comenzó a írsenos entre las manos?, se preguntarán los antiguos mayorales del patio sureño, junto a esos que alentaron y pagaron para desacreditar la autenticidad del proceso.

La noche del 15 de febrero Chávez expresaba para la Historia: «La patria es de todos, y en ella todos somos necesarios», a la gente diversa que, desde todos las partes de Caracas, iba a compartir el triunfo anhelado.

Venezuela amanece, aunque se hayan quebrado tantas lanzas para evitarlo, en los hondos deseos de seguir consolidando una Revolución de camisa roja y boina calada.

Mientras recuperaba el aliento, pensé también en que por sortilegio del destino, el cumpleaños de mi pequeña sobrina Karla ha quedado marcado por este grandioso suceso. Y la redentora Venezuela, ahora con su Constitución renovada, seguirá habitando los rincones sentimentales de mi casa.

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