Sabía que el Premio era del profe

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Por esas cosas raras que tiene la vida, lo intuí. Recuerdo la primera ocasión cuando llegó a la clase con la cartera diminuta que, hasta hoy, le cuelga de una tira hasta el ombligo y nadie sabe lo que guarda.

Llevaba una gorra para proteger del sol la cabeza, tanto tiempo desnuda por la ausencia de cabello. Al final del aula solo se escuchaban palabras que por sí solas atrapaban la atención de todos.

Su estatura pequeña apenas superaba la fila de pupitres, los cuales entorpecían la vista desde el último alumno hasta el maestro. En el plazo de tres meses alcancé a definir sus gestos de orador y a conocer las pausas de su habla. Siempre daba paseítos en círculos para de repente contener los pasos, detener la voz, alzar el pulgar y lanzar el juicio definitivo de la tesis que desplegaba ese día.

A ratos sonreía. Mostraba el sentido del humor de las personas que saben mezclar anécdotas y chistes, dejando caer en cada historia ciertas dosis teóricas. Hablaba de Hegel y de cómo conoció a la mujer que tenía lagartos de mascota. Dictaba de memoria fragmentos de la crónica martiana sobre el terremoto de Charleston. Contó la ocasión en que un guajiro lo salvó del ímpetu de un río crecido.

Encontré en sus clases el ejemplo de algo que alguna vez leí. «El tiempo fértil, aunque apenas se nota, es el único que sobrevive con los años». Jamás nadie durmió, ni faltó a las citas vespertinas de martes y jueves en la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana.

Cuando el pasado 19 de febrero otorgaron el Premio Nacional de Periodismo José Martí al profesor Luis Sexto, los colegas presentes en el acto corrieron a abrazarlo. Yo lo venía observando desde antes, para ver qué escribía si en definitiva le concedían el honor.

Durante el anuncio mantuvo la sobriedad en la apariencia. Algo en él vibraba, mas no su rostro. Aguantó el mentón entre el índice y el pulgar en la pose antológica de un pensador; parecía encontrar en algún recuerdo el asidero para la noticia que aguardaba. La lectura del dictamen no dejó margen a las dudas.

En medio de la emoción todos lo felicitaron. Algunos estudiantes le reclamaron palabras y fotos con el orgullo de un triunfo que es también de ellos. Sentí un júbilo inmenso, pero me mantuve alejado. Dos días antes, al término de la presentación de un libro en La Cabaña, lo había abordado. Le pregunté sobre unos poemas que sometí a su crítica y me despedí con un leve abrazo y un fuerte apretón de manos. Ese y no otro fue mi saludo previo, porque, por esas cosas raras que tiene la vida, sabía que el Premio era del profe.

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