Libros para todos - Opinión

Libros para todos

Autor:

Julio Martínez Molina

No está de plácemes el mercado editorial en el planeta durante estos meses de expansión de la crisis económica, cuando casi todo va en picada en el giro, excepción hecha de la producción fílmica de evasión hollywoodense, apenas resentida justo a causa de dicho carácter.

Críticos literarios, comentaristas culturales y reporteros, en medios de todo el mundo, nos recordaron durante la semana cómo las reestructuraciones están a la orden del día en los seis megagrupos editoriales del entretenimiento, controladores del discurso hegemónico.

El escritor y periodista español Manuel Rodríguez Rivero consigna en su más reciente columna de Babelia —suplemento literario del diario El País— «que tras lo que los directivos de la cadena librera Barnes and Noble han calificado como peor año en ventas de la historia editorial, en Random House (Bertelsmann), Simon and Schuster (CBS) o Harper Collins (Viacom, propiedad del virrey Murdoch) reducen gastos y expulsan su gente».

De esos miles de títulos promovidos al año por estas y otras editoriales pese a la crisis, buena parte son best—sellers de ínfimo valor, como apuntaba el investigador y crítico Alfredo Grimaldos (autor de La CIA en España) en reciente entrevista concedida a La Jiribilla.

En este contexto de depresión editorial la última estrategia del mercado es repotenciar el libro de bolsillo, más barato, en desmedro de otros formatos. Por el contrario, una Isla bloqueada, asediada como la nuestra, edita más de 2 000 títulos anuales, de todos los géneros, y tira un promedio superior a los 30 millones de ejemplares.

A los datos anteriores, suministrados en reciente entrevista a la prensa por Iroel Sánchez, presidente del Instituto Cubano del Libro, se agregan los títulos fabricados para el sistema docente, cuya circulación no tiene carácter comercial.

Se producen siete millones de ejemplares y mil títulos que constituyen novedades para la Feria Internacional del Libro, evento cultural y social multitudinario, de raigambre popular, inclusivo, «guilleneanamente» abierto.

Una Feria como la quiso Fidel: democrática, itinerante, capaz de llegar a cada uno de los cubanos, en cualquier sitio de la geografía nacional.

Y ello, como es sabido, se logra a base de un esfuerzo gigantesco —con precios subsidiados, pese al incremento progresivo de la carestía de los insumos—, donde no es posible perder de vista ni por un segundo los escollos externos que deben salvarse.

En entrevista concedida hace muy pocos días a El Clarín, de Chile, Iroel reflexionaba lo siguiente: «Todo se nos hace más caro, comprar papel para nuestras imprentas..., los fletes..., cuando tú haces un libro en el exterior.

«(...) Cuando un barco toca puerto cubano no puede entrar a puerto de Estados Unidos por seis meses, por tanto los barcos te cobran más caro por venir a Cuba. A veces cuando un barco trae libros de un tercer país —digamos, por ejemplo, Colombia— tiene que dejarlos en otra aduana, descargar los contenedores y nosotros irlos a buscar a un tercer país para embarcar los mismos contenedores, para no caer en la lista negra de barcos que han tocado puertos cubanos (...)».

Todo se hace mucho más difícil así, destacaba el presidente del Instituto Cubano del Libro, pero ahí están los libros, sale la Feria y se convierte en este éxito de público, esta fiesta cultural vivificante que ya emprendió su andar en varias provincias cubanas. ¡Enhorabuena¡

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