Amor de todos los días y segundos

Autor:

Julio Martínez Molina

Soltarle una ristra de frases hechas o rendirle loas a tiempo marcado solo porque llega su Día, podría ser lo más contraproducente que pudiera esperar una mujer a la altura de esa fecha; también de cualquier otra.

Lógico que por las razones sabidas, se le incorpore (no se le conceda, nada precisa regalársele, pues todo lo merece) en el atiborrado calendario de Días de... uno para ellas, pero en verdad no lo necesitan.

Quizá a alguien le suene como una cursilería que tira de espaldas, mas la del otro sexo está en cada partícula de polvo de la creación; es omnipresente y eterna, como el tiempo, la abeja, el camino, las ventoleras, la marea y los delirios.

Prescinde pues de reconocimientos, si todo se reconoce desde sí. Acompaña las tristezas de las tardes de domingo; equilibra entre paz, calma y sentido común; es la mano para levantarse; quien espera en Ítaca, Bauta o Pilón cada vuelta del que parte, sea Ulises o Yoan. Aunque ¡cuidado, guerrero!, no son los tiempos de Penélope.

Se le ama, hasta se adora y un poco se comprende, pero saberla toda no pasará de sueño, ya lo dijo Freud: no hay quien entienda nunca bien del todo el mecanismo de relojería perfecto pero caprichoso de su cerebro.

Trabajadora, siempre: «Y mujeres encorvadas al pedal de la Singer, que hubieran podido llegar en su loco pedaleo hasta Java y Burdeos, hasta el Nepal y un pueblito de Gales», imagen perfecta del poeta colombiano Juan Manuel Roca para ilustrar su laboreo incansable a través de la historia.

El cosmos de nuestra Cuba grande está repleto del reflejo estelar de infinidad de ellas que acompañaron al negro al cañaveral, limpiaron las pústulas del bayonetazo infligido al mambí, sufrieron antes de 1959 en calabozos de las dictaduras, violaciones y golpes de asesinos analfabetos, corrieron las ciudades o escalaron sierras en busca de dignidad, enseñaron a pensar al campesino y al obrero en luminosa Campaña, apoyaron siempre a su Revolución.

Con perdón de cultores de los Días, consultantes de calendarios, conservadores de las fechas y devotos de santorales, entiendo y respeto el sentido de jornadas tales, pero solo atrapan la pizca de grandeza dable a ofrecer por la coyuntura.

La mujer, y sobre todo la cubana, no es la heroína del 8 ni del 15. Es la que levanta cada segundo nuestro, trabaje en la construcción o labore en la oficina del ministerio de la esquina.

La que está pariendo ahora en un materno al hermano que nos ayudará a perpetuar mañana este proyecto de futuro; la adivina-artesana-equilibrista de la cocina; la de más puntos en el orden del día a partir del instante cuando toca el despertador; dueña de ese cuerpo sobre el cual recaen todos los embates; quien debe escuchar cada voz e intentar responderlas a la vez.

No, sabe a tanto que me suena a muy poco constreñirlas así. Si hubiera papel, bien podríamos escribirles una crónica en cada edición.

E incluso en dicho caso, no corresponderíamos todavía a cuanto entregan, segundo a segundo, día a día de sus vidas.

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