Telarañas en el buró

Autor:

Luis Luque Álvarez
El papel descansa sobre su buró hace varias semanas, y las arañitas ya se relamen de gusto pensando en qué magnífica tela podrán fabricar sobre él. El funcionario ni siquiera ha mirado el sobre. No le interesa. Juega a las cartas en su computadora, levanta el grueso dedito índice de vez en vez para rascarse la barbilla, bosteza, mira el reloj, toma el teléfono, llama, habla, cuelga; lo llaman, habla, cuelga; vuelve a los naipes, se rasca, toma un diario, vuelve al teléfono: «Fulanita, ¿nos vemos esta noche?... Ok, chao...».

Cuando apaga la luz y se retira, el sobre sigue ahí, intacto, como tantas otras tardes en las que se apagó la luz. Solo hace falta que él lo abra, lea el mensaje, y tome una decisión. Alguien espera por ella...

Sin embargo, no lo hace. No le importa. No es su problema.

Es esta la dinámica —¿dije dinámica?— de algunos sujetos a los que se les encargan responsabilidades que afectan, de alguna forma, las vidas diarias del resto de los que gastamos zapatos en las calles. Tales potestades les han sido encomendadas originalmente para facilitar el funcionamiento de la sociedad, pero las utilizan para colocarlas de talanquera, como señal de PARE, o en un mejor decir, para «ordenar» las cosas de tal modo que hagan la magia de convertir la vida del prójimo en un hígado. Y que este —no el hígado, sino el prójimo— pierda la confianza en el funcionamiento de las instituciones.

Nada de lo dicho hasta aquí sale mejor ilustrado que en la sección Acuse de Recibo, atendida por mi profesor y colega José Alejandro Rodríguez. Precisamente gracias a la rigidez, a la indiferencia hacia los ciudadanos, a las decisiones absurdas, es que él suele tener permanentemente desbordado el macuto de cartas.

Claro que, por lo general, quienes leen este texto se identificarán con quienes sufren la indolencia de tal o más cual funcionario. «Así, así mismito me pasó a mí cuando fui a ver al director de la Empresa de Palitos Chinos. ¡Qué clase de tipo! Se escondió para no recibirme». Y como ante la telenovela, todos los espectadores, sean santos o piratas de parche y garfio, simpatizarán con el personaje positivo, con el que padece la injusticia, y querrá una reparación.

Sin embargo, en este juego de roles que es la vida, unas veces somos «el que hace esperar», y otras «el que espera por la decisión del director de la Empresa de Palitos Chinos». Porque, ¿no existen acaso quienes, sin ocupar un cargo allá en lo alto de la escalera, dejan a otros de pie en el primer escalón, por simple falta de interés hacia su problema, aunque sea de fácil solución? ¿A quién no lo han hecho derretirse al sol en una cola aquí o allí, mientras añora un cuño, un papel o una firma, para, al final, tener que irse con las manos vacías y devorado por una acidez gástrica?

Lo irónico es que aquellos que se dan lija eterna, montan en cólera cuando no se responde con rapidez a una petición suya. Quieren prontitud, y que las cosas estén ¡ya! Desde luego, porque ellos, que no son nada ágiles para suplir las necesidades de otros, saben qué es lo correcto, qué es lo justo, aunque no lo practiquen con los demás. Y olvidan que no hacer el bien, teniendo oportunidad para hacerlo, es una manera de darle oxígeno al mal, una vía para provocar desaliento, desconfianza, y de ahí al caos, al «Zutano no aguantó más y le cantó las cuarenta a Mengano», van pocos metros.

Definitivamente vale enterarnos de que, antes del final de este camino en que terminaremos irremisiblemente en polvo —que eso somos, y aun las estrellas como el sol revientan y se apagan—, siempre precisaremos del otro, lo mismo de su hombro para asirnos y poder cruzar una calle, que de su vista para leer aquello que nuestras agotadas pupilas ya serán incapaces de atrapar.

Para ese entonces, ojalá que el papel abandonado sobre el que las arañas tejieron su trampa, no endurezca el alma del que prestó su hombro y sus ojos al jubilado burócrata.

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