Humildad - Opinión

Humildad

Autor:

Julio Martínez Molina

Cuando se escucha a ciertas personas autoproclamar, con trompeta, caramillo y bongó, sus presuntas o auténticas virtudes en los medios masivos de comunicación, pareciera que la palabra que encabeza el título del comentario estuviese en vías de extinción, como los carpinteros reales.

Pido permiso a la colega Nancy Robinson Calvet para hacer uso de sus palabras, durante el diálogo que sostuviera unos días atrás con Franco Carbón, en la sección que esta poetisa, escritora y periodista tiene en el programa Así, de Radio Rebelde, conducido por el mencionado locutor.

Nancy aludía a la reciente aparición —en uno de los espacios de hora punta de la Televisión Cubana— de un grupo de música tradicional surgido hace pocas semanas. Sus integrantes pedían «pista abierta» para ellos.

La intelectual se preguntaba: ¿Cómo puede ser posible esto, cuando instituciones como las orquestas Aragón o Van Van, que llevan décadas sobre el escenario, nunca lo hicieron ni lo hacen?

La pista —o sea, el espacio, la oportunidad de trabajar— se gana solo a partir de una labor continuada de la cual emergerá, o no, la solidez de la obra que permitirá al creador acceder por ley natural al escenario. No se anda arañando en cámara, ni exigiéndolo de a porque sí.

Moderación, por favor, pedía Nancy. Y yo le agregaría términos parientes y otros que bien vienen a cuento aquí: tino, recato, mesura. Pero, fundamentalmente, humildad, sencillez, respeto hacia los grandes creadores, hacia sus mismos compañeros de otras agrupaciones, y para el público.

Este es un pueblo culto, ilustrado, reacio por esencia al pavoneo, la egolatría y el autoencandilamiento. Dueño de una suerte de sensor interno que le permite detectar afectaciones e imposturas.

La humildad ha hecho mutis por el foro en varias —no todas, justo es decirlo—, de las agrupaciones juveniles nacionales de música popular de reciente creación entrevistadas. Esto es, en cubano claro, que se perdió, se evaporó de los ambientes radio-televisivos.

Más evidente resulta, sobre todo, en la pantallita junto al sofá, adonde por inducción viajan casi todas las miradas (a no ser que haya muchos Groucho Marx entre nosotros, pero creo que ya ni esos la apagan y se van para el cuarto).

El asunto pasa de castaño oscuro en determinados programas de ese medio donde resultan chocantes los excesos promocionales, las afonías divulgativas y los desequilibrios rampantes entre el bombo a todo trapo y el producto ofrecido a los ojos del espectador.

Está bien concederle la posibilidad a los nuevos talentos, de una Isla musical abarrotada de ellos, de exponer sus proyectos; mas puede hacerse de forma más acertada, mediante un correcto encauce y con tacto.

También es menester darle tiempo al tiempo. Como periodista cultural he visto cómo buena parte de estas agrupaciones que reciben un boom promocional en sus inicios, luego, con similar ímpetu, se desintegran en breve.

Sería conveniente la existencia, en los espacios televisivos, de un elemento que opere cual termómetro o balanza para notar —y por ende obviar— la fanfarronada, el aspaviento, ese «síndrome de soy el mejor y tú lo sabes».

Se agradecería de veras, pues de hecho ofende o irrita, y con todo derecho, al receptor; e incluso a sus propios camaradas.

El tema de las jerarquías culturales no es discutido por gusto en eventos y congresos. La razón de ello está en que se imbrica en la esencia misma de la estética, del buen gusto, de lo perdurable en tanto hecho cultural.

Si te siguen repitiendo mil veces el cuento de «somos los bárbaros del show», es posible que llegue un momento cuando, como en la fábula del lobo y los pastores, nadie se lo crea.

Pero lo peor —también puede pasar— es que suceda lo contrario, y ante el atiborramiento continuado de loas injustificadas, la voz del impostor logre embaucar. Fundamentalmente, a quienes aún no disponen de las herramientas de apreciación pertinentes para diferenciar el grano de la paja.

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