Jabitas para el cocodrilo

Autor:

Luis Luque Álvarez

He visto a un cocodrilo que se comía una jaba de nylon. La mordisqueaba y la mordisqueaba, hasta que se alejó con ella en la boca, en el agua verde. Lo perseguí con la mirada desde la barandilla que marca el límite entre animales y espectadores, muchos de ellos niños.

Claro, me sorprendió la dieta del reptil. Pero a un chiquillo le puede resultar normal. Cuenta Saint Exúpery que, lo que a un adulto le parecía un sombrero, a un nené se le antojaba la figura de una boa que se había zampado a un elefante —supongo que después de sacarlo de la jaba—. Y aunque hasta hoy no se ha encontrado ningún paquidermo en el estómago de un majá —que me rectifique el Discovery Channel—, un menor de edad, sin los conocimientos suficientes para entenderlo, lo tomará por cierto.

Como quizá todos los niños que paseaban aquel sábado por el Zoológico de 26, incluida mi sobrina Delanys, creerán que es justo y necesario lanzarles jabas a los cocodrilos. Y hasta latas de Tukola. «Esos bichos comen de todo. Incluso aluminio y plástico».

Dejamos atrás el zoológico, no sin antes preguntarme qué terremoto ha dejado tantas jaulas destrozadas y otras tantas vacías. Para mi acompañante, dicho paisaje será igualmente aceptable. No dispone de antecedentes para hacer la comparación, aunque el cosquilleo del intelecto le haga arrugar la frente cuando pasamos frente a algunos ripios de alambre, concreto y reja destechados.

Ya en la calle, nos vinieron de frente tres estudiantes de Medicina. Dos de ellos con un cigarro entre los dedos índice y corazón. Ella los miró, y siguió en lo suyo. Pero captó el mensaje: cigarros junto a batas blancas. ¿Qué tiene de malo el «matrimonio»? Nada, en absoluto.

De aquí a treinta años, y si los mayores no pusiéramos las cosas en su lugar, cuando mi sobrina regrese de llevar a su hijo a tirarles pomos de cristal y rocas calizas a los cocodrilos —a los que queden después de haberse hecho las tripas un amasijo de nylon—, tal vez le compre al nené una caja de Criollos en lugar de un paquete de galletas de chocolate. A fin de cuentas, todo parece indicar que el hábito de fumar es totalmente saludable, por lo que ha visto hacer a algunos galenos.

Y claro, subirá a una guagua donde verá a dos ancianas de pie, con jabas como plomos al hombro, mientras dos sujetos jóvenes, calados con gafas «calovarcelularesdvdmp3» —último alarido de la moda del momento—, moverán rítmicamente el torso desde sus asientos, en una especie de danza de apareamiento entre jutías congas, al compás del reguetón de la época. No se percatarán de que una de las señoras mayores estará a punto de desvanecerse de cansancio, en la ruta intergaláctica Cotorro-Parque de la Fraternidad.

Y no podrán advertirlas, ni sensibilizarse, porque ellos, cuando tenían tres o cuatro años, a inicios del siglo XXI, debieron estar de pie junto a su mamá a lo largo de todo el recorrido Parque de la Fraternidad-Cotorro, a bordo de un ómnibus que ya para entonces estará a punto de cumplir sus primeros 20 añitos como chatarra.

Como alguien dijo ayer: «Que busquen el asiento para mujeres con niños, porque este no es», así ellos dirán: «Que busquen el asiento para mujeres mayores con jabas pesadas». Se sacudirán las manos, y continuarán moviendo el esqueleto al son del «reguetrónix»...

Así vieron proceder, así se comportarán.

Quiero creer —insisto— que estamos a tiempo.

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