Lo grande que es perdonar - Opinión

Lo grande que es perdonar

Autor:

Julio Martínez Molina

EL pequeño Jeremy Doble desapareció el pasado 8 de febrero en Queensland, zona septentrional de Australia, cuando jugaba junto a su hermano mayor en las inmediaciones de un área pantanosa cerca del río Dantree, donde sus padres operan un negocio turístico.

Poco después los restos del muchacho fueron hallados en el estómago de un cocodrilo de casi cinco metros, al cual capturaron y radiografiaron el vientre, pero al que los padres del niño decidieron liberar.

Ellos solo reclamaron privacidad, respeto a su dolor, y ¡pidieron a las autoridades que no mataran al saurio! Los despachos no aportan más elementos en torno a la pareja. Mas, de veras, no hacen falta.

Sea cual sea el credo que profesen, más allá de su nivel intelectual, al margen de su sentido de apreciación de la vida, o de todas las virtudes que puedan acompañar a estos seres humanos, lo más grandioso de ambos es su capacidad de perdonar. Su capacidad de dominar la ira causada por el hecho, el deseo «natural» de venganza; o sea, de domeñar al «animal interior» de la especie, para ser capaces de comprender que aplicando la Ley del Talión (ojo por ojo, diente por diente) no conseguirían el retorno del hijo a la vida.

Para obrar así, la persona debe sobreponerse a tantas ancestrales ataduras que resulta casi milagroso.

Claro que esto del cocodrilo es un caso extremo, por el cual ojalá nunca nadie más tenga que pasar. Algunos, en cambio, no perdonan ni siquiera el roce de una flor, la mínima crítica, la ofensa a veces solo imaginada, cualquier error por pequeño que sea; y están cobrando toda la vida la presunta afrenta.

Otros no soportan la más leve contravención a su norma, la entrada en el círculo de peligro de la serpiente, ese espacio en el cual el ofidio cree estar en peligro de ataque, se arquea, levanta la cabeza y responde.

En algunos de nosotros, que ya debimos transitar a otra escala evolutiva, sin embargo funciona igual. Quien lo traspasa, peca. Esta acción inmediata de respuesta se aprecia a diario en formas más y menos sutiles.

De las segundas, las más comunes suceden en colas, calles, ómnibus: el pasajero iracundo porque sin percatarse le cerraron la puerta un segundo antes de que él descendiera; el enojado porque le pisaron el pie sin querer al subir al ascensor; aquel descontrolado tras ser salpicado por las gotas provenientes del charco en el asfalto que cierto neumático atravesó. Lo vemos cada jornada.

Estas constituyen solo algunas de las diversas expresiones diarias de un comportamiento erróneo, asociado incluso a códigos desacertados de valores de «tienes que saltar si te tocan». Lo doloroso es que no siempre terminan solo en palabras subidas de tono.

Por situaciones así, e incluso menores, se han reportado agresiones personales e incidentes que concluyeron en desenlaces para nada felices.

La delgada línea que separa la continencia del paroxismo de la ofuscación que sobreviene en circunstancias tales, pende a veces, es cierto, hasta de elementos nada apaciguantes (aglomeraciones, estrés, calor, malestar...), pero esa línea no puede traspasarse invocando sin causa la ley del Talión.

Tampoco creo que el asunto ande por la imposible cubanización del axioma sánscrito: «Sé como el sándalo, que perfuma el hacha que lo hiere»; porque ante determinada fauna que por desgracia habita en nuestras calles, tal filosofía no serviría de mucho.

Sí en cambio, por la búsqueda común de más civilidad, cordura, moderación, respeto, comunicación.

El Síndrome de la osa parida, de algunas personas reacias al diálogo y proclives a la reacción animal, también causa heridas morales para la especie, visibles a largo plazo. Si se supone que los mayores sean un espejo para las nuevas generaciones, ¿qué imagen puede brindar a un menor el adulto que no sea capaz de aceptar una excusa, entender una situación, justificar cierta razón?

Pero esa persona, por sobre todas las cosas, estará privándose del increíble alivio que procura al alma humana el perdonar a alguien o algo; la inmensa dicha de pasar el capítulo y llenar la siguiente hoja en blanco sabiéndose más grande y generosa. Más racional y humana.

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