Ese apacible John

Autor:

Ricardo Ronquillo Bello

Por estos días participamos en un ejercicio sugerente.

Se situaba a la raza humana al borde de la catástrofe. Y entre todos debíamos escoger a quienes —a semejanza de la historia bíblica— se montarían en una réplica del Arca de Noé, para reiniciar todo desde cero. Reinventar el camino de la civilización desde una isla salvada en la inmensa soledad universal.

En nuestro afán académico para dibujar el paraíso humano tantas veces soñado y tan poco alcanzado, fuimos descubriendo una certeza: Si algo debería arder para siempre en nuestro improvisado Armagedón serían los extremismos y la intolerancia, peludas orejas que asomaron en casi todo ideal emancipatorio.

Así que salí del aula con otro enredado ejercicio en la cabeza. Delineando los colores de nuestro horizonte «perfecto»: el arca de la salvación de Cuba y de sus sueños. Esa donde un pueblo se monta sin distingos ni prejuicios en la mágica barca del resguardo de su destino. ¿Qué dejar hundirse y desaparecer en el diluvio?

La conexión la estimuló la historia de un joven a quien acusan de «rebelde» e «informal». Nada menos que «rebelde», que no es una simple palabra, sino un símbolo en Cuba; trastocado a veces en maldito por el rocambolesco arte burocrático: La «inquisición revolucionaria» inventando su Giordano Bruno, como diría un amigo.

Debería averiguarse el momento en que el país que reinstaló la moda de la rebeldía universal —cuando los burócratas del realismo socialista ya se habían acomodado en sus poltronas— comenzó a permitir a algunos funcionarios la transfiguración del sentido de esa magnífica palabra.

Porque la confusión sabe a inconsecuencia. Desconoce que los melenudos guerrilleros cubanos bajaron de las lomas como un ejército de «rebeldes», y destronaron la «formalidad» burguesa para establecer la transparente y justiciera «informalidad» revolucionaria. Nada que ver con la inconsecuencia.

Es como si en algún espacio de nuestra sociedad ocurriera la traslación a la vida real del guión de ese magnífico texto que es Rebelión en la granja. En la fábula de George Orwell los rebeldes animalillos ganan el poder liderados por los cerdos; pero estos últimos terminan por acomodarse a los métodos, las costumbres y manías de sus antiguos explotadores, y por tergiversar o manipular los hermosos emblemas que hicieron triunfar la insurrección.

El asunto es tan delicado como que pudiéramos dejarnos arrebatar nuestros símbolos. Que nos sean «pugilateadas» hasta las sagradas palabras con las que la Revolución abrió una nueva era de desenfado revolucionario y de esperanzas. Los vocablos rebeldía, disidencia, libertad; todos con los que los humanos se rebelaron contra la desidia y la humillación para escalar hasta la dignidad, la justicia e igualdad, pertenecen en esta Isla a los revolucionarios. No hay que manifestar miedo, sospecha o vergüenza de ellos. El desafío real es el de mantenerles su sentido, su más honda y limpia esencia.

La certeza de cómo se incuba esa tendencia la demostró la carta que una joven alarmada escribió esta semana al periódico. Creyó que cuando menos debería ser una equivocación unos párrafos que leyó en nuestra portada del 4 de abril:

«El 4 de Abril es fecha de alegría y compromiso con esa palabra tan cercana que es la Patria. Es día de celebración y de entrega, sobre todo en tiempos en que el David bíblico tiene mucho del cuerpo, la sangre y del espíritu cubanos.

Como nunca, la honda decorosa que bajó de barbas y melenas de las sierras, apuesta a rearmar y ejercitar su rebeldía, para no dejarse seducir por la corriente universal de domesticación. El 4 de Abril es aniversario de herejías. La Cuba unida puede parecer una isla sacrílega en el mundo de las atomizaciones. Esta es tierra disidente», decía el «sospechoso» texto para la joven.

No puede menos que sentirse dolor. Si ella hubiese vivido otra época, por ejemplo, se creería en pecado por escuchar a los «extravagantes y sospechosos» The Beatles; y hacerlo con la misma fiebre clandestina de quienes despreciaron el terror por el amor a la libertad.

Solo que ahora Lennon reposa sentadito y tranquilo en un parque de La Habana. ¿A estas alturas quién dudaría en Cuba que al «extraño» John lo montaríamos en nuestra barca?

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