Aunque parezca minucia

Autor:

Nelson García Santos

En la ciudad de Santa Clara hay dos calles céntricas, en el mismísimo corazón histórico, que son escenario de un desafío a la autoridad a la vista pública, un mal ejemplo que recuerda a cada instante, a pleno sol o a plena luna, el impune desconocimiento de la ley.

En la calle Buen Viaje, en el tramo que converge con la calle Maceo, una arteria de gran tráfico, los vehículos se incorporan a esa senda principal de marcha atrás, lo que está prohibido por el Código del Tránsito.

Una cuadra más arriba, en la calle Céspedes que desemboca en Maceo, cada vez que el taller de confecciones textiles necesita cargar o descargar mercancías cierra la circulación de vehículos con una soga a cualquier hora de la mañana o la tarde. Lo hacen a pesar de la advertencia de la Dirección de Tránsito de que deben realizar esa faena en horarios en que causen la menor molestia. Lo peor radica en que ocurre desde hace tiempo. Son deslices que en la superficie parecen una minucia, pero en el fondo afianzan el atrevimiento y el descrédito de las reglas establecidas en la sociedad.

Todo comienza casi siempre con un simple tanteo. Los más propensos a las indisciplinas sociales inician el juego de hacer lo prohibido para medir la reacción y, si no los reprimen de inmediato, se les van sumando los precavidos y hasta los medio bobos.

De esta manera, paradójicamente, el hecho sancionable de inmediato deviene hábito, algo normal. Luego cuesta muchísimo más trabajo erradicarlo, e incluso, si en los inicios pudo zanjarse con una advertencia, pasado el tiempo puede hasta requerir de un proceso penal.

La mayoría de las veces, las fallas en los mecanismos de control sustentan las indisciplinas o ilegalidades, como consecuencia de la falta del enfrentamiento cotidiano, a las que se ven a simple vista y a aquellas en que se debe escarbar un poco más.

Cuando saludablemente rescatan el mismo orden que, paulatinamente, se dejó resquebrajar, el reflejo a nivel de calle es clarísimo en las expresiones: «tranquilos, señores, ahorita se les pasa la furia y todo vuelve a la normalidad». Y lo más amargo es que la vida les da la razón.

Esos juicios revelan las artimañas de muchos para acomodar sus andanzas con el fin de sacar provecho del tratamiento, en ocasiones circunstancial, de lo reglamentado, y porque perciben que hay quienes les sacan el cuerpo a su responsabilidad, dejan hacer y deshacer, no quieren buscarse problemas.

Son estos los mismos que prefieren transferir su responsabilidad individual al colectivo. Entonces tratan de justificar sus desatinos agazapados en que la tarea del control compete a todos. Es, en otras palabras, como exigirle al que está a nuestro lado que asuma el trabajo que nos corresponde por plantilla.

Resulta vital y saludable que todos aporten en favor de la legalidad, aunque la responsabilidad primera le concierne a los mecanismos de control, ¿si no para qué existen?

¿Dónde están en los momentos en que en los mercados se comercializan costillas de cerdo y carnero podadas, durante el escamoteo en las balanzas, en la adulteración de la calidad de los productos o en las tarifas de precios ilícitas?

Hay otros ejemplos más graves, si cabe, de personas descubiertas robando luego de estar en esos trajines un año o más, como demuestran los archivos de los tribunales. O de delitos que solo son descubiertos en las verificaciones fiscales.

¿Qué hacían los mecanismos de control a nivel de centro, de empresa y organismo?

La permanencia de cualquier ilegalidad, por mínima que sea, lacera la credibilidad e incita al desacato. A tal extremo que, en un delirio de audacia, un acusado alegó al tribunal que por qué lo iban a juzgar, si él llevaba años cometiendo el delito a la vista pública sin que nadie lo molestara.

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