Borrón y cuenta vieja

Autor:

Ricardo Ronquillo Bello

Ni tan corto que no alcance, ni tan largo que se pase. En ese singular hilo acrobático se balancean las «suspicacias» cubanas en relación con los vaivenes de la política norteamericana.

Desde la gloria de su tumba, el Generalísimo, que tan bien nos conocía, debe advertirnos ahora: ¡cuidado con los extremos! Y el consejo viene de un hombre que puso su valor y humanidad al servicio de la hidalguía y la independencia de esta Isla.

Vale la pena recordarlo mientras el mundo rezuma esperanzas por todos sus poros con la elección y las proyecciones del primer presidente afroamericano en la historia de Estados Unidos.

Obama, quién lo duda, encarna el renacer de una ilusión, aunque encabeza un imperio que reproduce un ancestral espíritu; de esos a los que a veces no alcanzan para exorcizarlos ni los ocultos poderes de todos los dioses afro.

De la herencia no escapa ni este joven y carismático Mesías de la nueva era «americana». «Dios bendiga a Estados Unidos», se le escucha repetir con la misma apropiación mesiánica de sus antecesores. Y a quien le atiende se le escapa un suspiro de nostalgia: ¿Acaso el resto del mundo no merece las misericordiosas bendiciones del «Señor». ¿Cuándo y quién unció este nuevo «elegido»?

Un académico mexicano que analizaba los pronunciamientos que desde Cuba y EE.UU. ocurren por estos días, señalaba la inocencia de los discursos que invitan a «borrón y cuenta nueva».

El analista no pasó por alto que la nación cubana no puede deslindarse del signo perenne —maldición tal vez—, del llamado fatalismo geográfico. La historia del archipiélago es indefectiblemente la de la independencia frente a la anexión.

Del apogeo de ambos opuestos nació el contorno nacional de este conjunto de islas, ahora sacrílegas, llamada Cuba socialista. La bandera que hoy ondea solitaria y digna estuvo extrañamente en su primer momento en manos anexionistas; asumió su actual simbología tras ríos de sangre de quienes abrazaron luego con ardor la independencia. La idea de unir su estrella a la de los estados de la Unión fue bastante acunada en Norteamérica; y no faltaron los «criollos» de conciencia plattista que la mecieron con delirio.

El antiimperialismo no fue en Cuba una «depravada vocación» de copias estalinistas de última generación. Muchos años antes de que asumiéramos estas tonalidades «rojas», el dilema de Cuba frente a Estados Unidos ocupó a todos los grandes hombres que delinearon los contornos de la nación, desde José Antonio Saco hasta Fidel Castro.

Al final del siglo decimonónico sería José Martí el encargado de resumir el añejo y esencial dilema en postrera misiva a su amigo Manuel Mercado; bastante conocida: «ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y por mi deber —puesto que lo entiendo y tengo ánimos con que realizarlo— de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América...».

Un prestigioso profesor de Historia de la Universidad de Oriente, no aceptaba en mis años de estudio la extendida denominación de «diferendo histórico» para nombrar el conflicto entre Estados Unidos y Cuba.

«Sería como aceptar —apuntaba— el significado que a ello le da el diccionario: Diferencia, desacuerdo, discrepancia; cuando en realidad los cubanos no tenemos responsabilidad en lo que no ha sido otra cosa que el “empecinamiento histórico” de la derecha extremista norteamericana de apoderarse o manejar la Isla.

Agregaba que también sería justificar que el conflicto nació después del triunfo revolucionario del primero de enero y tras la elección del camino socialista, cuando en verdad viene desde los albores mismos de nuestros conceptos de patria.

La apreciación puede recordarse cada vez que se leen declaraciones de personalidades estadounidenses abanderados de otro enfoque de la política con relación a Cuba. El punto más lejano al que se arriesgan es al de afirmar que ello es necesario porque la actual «ha fracasado». Y el «fracaso» no es otro que el de la «terca» existencia de la Revolución Cubana.

No es difícil advertir entonces el sentido del cambio que proponen. El viejo «empecinamiento» imperial no transmuta, lo que se pretende transformar es el modo de alcanzarlo. ¿No es posible pedir más?

Desde este lado del mar ya se ha dicho que se está dispuesto a afrontar la encrucijada de carriles más «suaves»; porque no hay que temerles cuando se confía en la dureza de los ideales. Con ello no suenan las trompetas de la disposición a «renunciar», sino de una nueva forma de «pelear».

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