Tarifas para caprichos

Autor:

Marianela Martín González

Fuma como quien desea que en cada bocanada se le salga toda la ansiedad contenida. Entre un cigarro y otro, desde las seis de la tarde y hasta bordeando las ocho, toca puertas conocidas acarreando las sobras alimenticias que la gente le reserva para que críe sus cerdos.

Durante el día trabaja como operadora de una máquina que hace dobladillos a toallas y otras prendas que el país exporta. Por las noches, cuando le queda aliento, cose y remienda ropas de los clientes del barrio, con el fin de ahorrar dinero.

Una tarde, cuando se quejaba de dolores en la espalda, y noté que sus manos temblaban supe la causa de tanto sacrificio y quedé perpleja. Sentí lástima, otra no puede ser la palabra, pero también pensé cómo es posible que una mujer tan sacrificada no pueda discernir entre lo fútil y lo esencial. Pensé, entonces, que a veces el amor maternal tuerce la razón.

La meta por la que tanto lucha es regalarle un par de senos de silicona a su hija que muy pronto cumplirá 15 años. En estos vaivenes, entre ellos cargar una inmensa cubeta con sancocho, lleva más de cinco años. Todavía ella ni su hija han reparado en que hay tarifas demasiado altas para sueños demasiado banales.

Hace tiempo un sitio digital daba a conocer que una niña colombiana de 12 años, llamada Merceditas Rey, embriagada con imitar a su coterránea y célebre patinadora Cecilia Baena, terminó en un improvisado ring de boxeo, para poder comprarse un par de patines que costaban un millón de pesos.

El rostro de Mohamed Alí colgaba del cuadrilátero, pero ella seguía añorando la esbeltez y glamour de la Chechi Baena, a pesar de que los puñetazos la transformaban físicamente en el reverso de la patinadora. Cambió su nombre por el artístico de Pascal, y no tiene rivales en su categoría, por lo que solo es posible ponerla a pelear con varones.

Para su entrenador, que ha dedicado toda su vida a formar pugilistas y concretar combates nacionales e internacionales, ella es una deportista perfecta, que en cualquier deporte puede brillar, pero él prefiere que sea patinadora, «porque el boxeo es una vaina muy dura».

La lucha que abrió esta historia tiene golpes más sutiles, pero tan traumáticos como los que pudiera lucir en su rostro la niña boxeadora de la tierra de García Márquez.

El estrés que sufre día a día esta madre puede enfermarla para toda la vida, a cambio de unas prótesis que pudieran ser cancerígenas, quebrarse o pasar de moda, según me explicó un especialista.

En este breve paso por la vida, lo más grande que los padres regalan a sus hijos, es un arsenal de sentimientos que sirven para distinguir entre lo que vale la pena y lo insustancial, para lo cual todavía la ciencia no ha inventado reemplazo, ni prótesis de silicona.

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