Cuando no había TV

Autor:

Luis Luque Álvarez

«¡¿Dieciséis hijos tuvo tu abuelita?! Claro, en aquel entonces no había televisión...».

Así suele decirse cuando alguien habla de una prole numerosa de antaño. Se supone que, como no menudeaban las opciones de entretenimiento, los matrimonios se retiraban temprano a reposar de la dura jornada de labor —¡oportuno eufemismo el que sale en mi auxilio!—, y por eso aquella tropa crecía y crecía, sin que nadie sobrara; en medio de penurias económicas las más de las veces, pero con un lugar para cada uno. Y un pedazo de pan, y de amor.

Según los entendidos, si seis décadas atrás al menos hubiera existido en cada casa un televisor, hoy no seríamos once millones de cubanos, sino tal vez un millón menos. Fijémonos si no en el efecto disuasivo de la «hipnosis novelerobrasileña». Paralizante, ¿no? No obstante, conozco a algunos conciudadanos que nacieron y recibieron su primera nalgada «gracias», precisamente, a la televisión. Cuestiones de calidad en la programación nocturna...

También me he preguntado qué habría sido de la historia de la humanidad de no haber surgido el mentado aparato. ¿Alguien cree que, con las semifinales de la Eurocopa de fútbol en la pantalla, Cristóbal Colón habría tenido ganas de becarse durante meses en tres naves, con una pandilla de marineros que estaría catalogada en Andalucía como «calcañalis indigenorum», para irse a demostrar que la tierra era redonda? ¿Se habría arriesgado a caer por el precipicio en que se despeñaba la Mar Océana, allá en el borde del plato? «¡Ni por todo el oro del Gran Khan! ¡Gooool!».

Asimismo, muchas guerras se podrían haber ahorrado. Imaginemos a un monarca clásico, de corona y cetro, encerrado en su castillo medieval. Tiene todo lo que puede desear: manjares exquisitos, propiedades que se extienden más allá de donde sus ojos alcanzarían a anclarse, súbditos a la espera de que enuncie sus caprichos, espectáculos de saltimbanquis, juglares con sus mandolinas que cantan una y otra vez la épica «guayaba» de cómo Roldán, moribundo, sopló el cuerno en la frontera entre España y Francia, y Carlomagno lo oyó a ni se sabe cuántos kilómetros. En fin, «vida de reyes»...

Sin embargo, el hombre se aburre. Su abundancia material no basta para satisfacerlo (cosa además normal en todos los seres bípedos inteligentes que pueblan el planeta). Por eso, de pronto, ¡zuábana!, una idea: «Le haré la guerra al reino vecino; pondré mis fronteras más allá del río tal, destruiré tantas aldeas y someteré a tantos siervos. ¡Porque me da el deseo, vaya!, para que Ludovico II el Miserable —siempre estos reyes ostentaban nombres sonoros— sepa que yo, Ildefonso IV el Bondadoso, soy el tipo aquí».

Y allá se va, a cercenar cabezas, quemar chozas y destruir sembrados. Aunque en honor a la verdad, según el precepto de que «la guerra es un enfrentamiento entre individuos que no se conocen, pero sí se masacran, incitadas por otros que se conocen, pero no se masacran», no va él en persona. Para eso dispone de una extensa red de caballeros vestidos de hierro, y de campesinos que debieron abandonar sus tierras para involucrarse en una aventura que ni les va ni les viene.

¡Ah!, pero si hubiera existido la televisión en esos «felices tiempos y doradas edades» —que así los calificaba el enjuto jinete de Rocinante— otro gallo habría cantado. Unos habrían recorrido mundo sin levantarse del butacón, y conocido desde cómo se ensambla un avión Boeing hasta las maravillas naturales de los polos terrestres. Otros, en cambio, tal vez se habrían quedado silentes, incomunicados entre sí, la vista fija al frente, un poco embrutecidos, ávidos de imitar en su anatomía los tatuajes de aquel personaje, o de poseer las cadenas doradas de aquellos cantantes que, calzados con Nike, entonan verdaderos insultos a la inteligencia.

En fin, ahí está la TV, y también otros de sus parientes tecnológicos más avanzados, para hacernos más agradable y diversa la existencia, o para mediocrizarla.

Usted tiene el control remoto. Usted escoge...

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