Mamá sin acento - Opinión

Mamá sin acento

Autor:

José Aurelio Paz
«Tus dos pechos son como dos gamos mellizos, que están paciendo entre blancas azucenas». El Cantar de los Cantares

Ando desesperado buscando un disco de Teresita. Quiero regalar a una amiga, que sufre por estos días un dolor intenso, la canción de Lo Feo. Sus senos han sido cercenados quirúrgicamente y, más allá de la quimioterapia, que de seguro le recetarán, he de aplicarle yo, médico empírico de la palabra, brujo sin escoba ni poderes, ese bálsamo salvador que va más allá de la ciencia. Ni se exporta ni se vende. Solo lo hallamos en la farmacia de los afectos. La cariñoterapia tiene poderes increíbles.

Sentir el cisma entre esas dos «vívidas palomas de terso plumón», como definieran los poetas el seno maternal, esos «niños en flor», «hermosas catedrales desde donde ondean las banderas de la paz», resulta momento indescriptible si el cirujano anuncia que ella tiene que ir al salón. Y luego, cuando la anestesia aplaca su letargo de nubes y escenas infantiles, viene el dolor de la herida; no solo el de la cirugía, sino el otro; el del alma por donde parece escaparse la indómita coquetería y esa geografía de montañas, de leche y miel, remanso indescriptible desde donde la prole se calzó un día, con botas de siete leguas, a recorrer las calles del barrio.

Por ello, en mi amiga, quiero depositar hoy un pequeño milagro de letras, como ofrenda dedicada a todas las mujeres que, ahora, viven esa experiencia. Aunque pareciera que se les acaba el mundo, es solo el reto de enfrentar una metamorfosis carnal, a la cual ha de sobreponerse la pureza del espíritu para que esa volátil crisálida que es la vida continúe atando, con nudos de marineros, un chal rojo punzó, bordada por una leve dedicatoria que diga esta verdad confidente: «¡Aún te necesitamos!»

Al escribir esto he recordado a otra amiga y colega argentina. En un artículo reciente, colocado en la red, afirmaba ella que «El mito de una madre abnegada, la cual es capaz de soportarlo todo por amor, es también un mito sostenido por el poder patriarcal», cuando de lo que se trata, escribía, es de una mujer de carne y hueso, con vida, derechos, sueños y afectos, que puede flaquear en cualquier momento humanamente. Mostrarla con esa estoicidad de fría estatua, que todo lo cree y todo lo soporta, es condenarla al martirio de lo fútil.

Y exige que, en América Latina, cambiemos la actitud condenatoria ante esa madre resignada por soltera con el único «pecado» de haberse entregado por amor. La misma que ha de darle su apellido al vástago porque el «macho» de la especie se desentiende de la manutención y nada sabe de los agridulces dolores de parto, de interminables nanas cantadas en la madrugada, de agónicas vigilias frente a la cama por la fiebre alta y hasta de la pequeña tragedia de no tener con qué sustituir los zapatos rotos para que el vejigo vaya al aula.

Polémica declaración esta que, por valiente y sana de ternuras, venida desde la propia mujer, merece tenerse en cuenta, en día tan especial como este, cuando, a veces, solo nos ronda para erigir el homenaje la crónica que bebe en el pantano de lo cursi y esa imagen repetida, en el cartón con flores, símbolo reduccionista de la creatividad que debiera asistirnos a la hora de resaltar la gratitud por el alma que habita en cuatro letras.

Quitarle el acento en este día a la palabra bendita significa estar alertas contra esos sismos, a veces evitables, de la carne y del espíritu. Si los primeros vienen, aunque no queramos, los otros, los que restauran en lo interno esas catedrales de la vida, esos niños traviesos, han de recibir el cuidado del orfebre que sabe de la joya que porta en la compañera.

¡Ah, la mujer, ese misterio insondable que nos asombra siempre! ¡Ah, la madre, ese laúd de amor, esa estrella toda, el río, la soledad, la tormenta...! ¡Caricia o pensamiento que roza mi ventana a cada hora como una leve rama!

Convoco, pues, al homenaje. Colguemos de nuestra clavícula izquierda un cartel que solo ella pueda ver desde su rinconcito de ternuras. Enormes letras que sean de impetuosas como la sangre misma. Intermitente latido cual anuncio de neón que se apague encendiéndose y se encienda apagándose, con una única y mágica palabra: ¡Te quiero! ¡TE QUIERO! ¡Te quiero!...

Mientras tanto sigo buscando la canción necesitada, aunque no aparezca y tenga yo, como un ramito de albaca, como olorosa canela, este manojo de palabras, incompetentes y mudas, ellas, por querer atrapar lo inatrapable.

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