Aladinos de otras alfombras

Autor:

Ricardo Ronquillo Bello
Hay quienes pretenden ofrecernos una alfombra de apología. Una especie de Aladinos que quieren hacernos volar siempre sobre un mundo de ensueños. Narcisistas cuidadosos de que nada ensombrezca los brillos que reflectan sus espejos de marcos dorados. La imagen real pretenden sustituirla por alguna virtual. No hay que reflejar el país que es sino solo el que se ansía.

Lo meditaba a propósito de un encuentro nacional de estudiantes de Periodismo promovido por la universidad holguinera; un hermoso y profundo ejercicio de academia y pensamiento.

Los que llevamos años en esta profesión pudimos observarnos desde las pupilas inquisitivas de esos que están por comenzar ahora, o dentro de poco tiempo. No era nuestro análisis, sino el de ellos.

Mirada en muchos sentidos: qué hemos hecho y qué hay que hacer. Qué debe respetarse y qué desechar. Qué contraer y qué expandir. Cómo reconstruirnos en eficacia desde el respeto y la reverencia a la mejor tradición. Un puente de respeto y crecimiento entre generaciones que deben conducir sin fracturas el periodismo revolucionario cubano hacia un desafiante y apasionado futuro.

Me hicieron recordar el día en que —iniciándome como periodista— me dejé tentar por la actuación cómoda, sin contrastes. Alguien anunció que en las montañas de la provincia se habían sembrado ese año diez matas de plátano fruta por habitante. Y corrí lleno de entusiasmo a ofrecer la buena nueva.

Años después comenzó a asaltarme la inquietud sobre el destino de las miles de toneladas de frutos que a esas alturas ya debían esperarse. Y hoy admito que fueron a parar dentro de ese batido de cifrismo y complacencias con el que no pocas veces hemos edulcorado, sin necesidad, la realidad.

En el evento recordé también la historia de otro colega que se fue «con la de trapo», al hacer pública una cantidad de árboles sembrados anunciada en su municipio.

Cuando recapacitó más tarde —haciendo sus propios cálculos— comprendió que se necesitarían, además de todo el espacio terrestre de aquella región, kilómetros mar adentro para que cupiera semejante cifra de posturas.

Así fueron sembradas no pocas Amazonias de incongruencias; y a veces quienes pretendieron salirse de la tupidez de ese bosque resultaron resembrados con «extraños» y ofensivos epítetos.

En oportunidades hemos obviado que esta es una profesión que en cualquier geografía debería moverse por el filo de la duda, con independencia de todas las certezas. El arte del periodismo es el de preguntar y preguntarse. La estructura de esta profesión se levanta sobre columnas de interrogantes que, cuando las olvidamos, se reblandece; y con ella se resiente, además, un importante e insoslayable contrapeso.

Es que en la Revolución todos andamos juntos en los mismos objetivos... ¡Pero cuidado!, nunca revueltos, habría que agregar. La obra de humanismo y libertad que hemos levantado de lo que menos requiere es de extrañas alfombras de complacencias.

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