El «fantasma» proscrito

Autor:

Ricardo Ronquillo Bello

Han pasado muchos años y aún no pueden explicarse cómo su despreciable crimen no pudo matar a aquel hombre. Pretendían desaparecerlo en el infinito de las selvas bolivianas, y sus huellas en la niebla de los tiempos. Pero el «muerto» testarudo no perece, renace... Y sus enterradores no saben cómo eliminarlo, borrarlo, deshacerlo.

Acudo a ideas que ya estampé en otro momento. Porque me las devuelven circunstancias parecidas, aunque con personajes de geografías y actitudes distintas.

Los enemigos de Che Guevara deberían recetarse algún especial «viagra político», porque padecen de una extraña sintomatología de impotencia, que les desencadena desequilibrios funcionales y emocionales.

Hace ya un tiempo Gustavo Villoldo —uno de sus asesinos en Bolivia— pretendió venderlo, ya que no pudo ni puede matarlo, despedazarlo, desaparecerlo...

Comenzó a deshacerse de los «despojos» del Che. Habría que averiguar si por la falta del dinero que le pagaron sus amos, o porque no soportaba nada que le recordara la eterna y misteriosa existencia de ese sedicioso, rebelde, insurgente inatrapable.

Por entonces circulaba la noticia de que subastaría las huellas dactilares tomadas al cadáver, el mapa que utilizó para perseguirlo, los telegramas intercambiados con el presidente boliviano René Barrientos, los mensajes interceptados entre el Guerrillero y sus seguidores, y un mechón de su pelo.

Era como si el ex agente de la CIA no soportara su condición de criminal sepultado en el olvido; cuando quien debía estar hundido en la desmemoria es aquel a quien enterró a escondidas en una pista recóndita en la selva.

Otra noticia de estos días nos alerta que no es solo Villoldo quien no sabe por qué aquel hombre con ojos y cuerpo de Cristo se transformó de cadáver perdido en ícono, tras ser enseñado como trofeo de guerra en Valle Grande.

No entienden la milagrosa reaparición del asesinado desde el instante en que fue lanzado en su fosa clandestina. ¿Cómo es que no muere ese guerrillero cobardemente ultimado, mutilado?

Así lo dieron a conocer diversos medios internacionales, al reseñar que el Gobierno de Polonia se ha propuesto encausar por ley la difusión de propaganda y los símbolos del comunismo.

Se espantan ante la imagen de aquel que se le hace «fantasma» imborrable, aparición martirizante: lo mismo tatuaje, que santo, souvenir, efigie, boinas, estrellas, agitador de multitudes, guerrillero moderno... Como no pueden matarlo, despedazarlo, desaparecerlo, «desvenderlo», figurarlo, ahora pretenden prohibirlo.

El anuncio lo hizo una ministra de ese país, quien indicó que el Ejecutivo polaco trabaja en un proyecto de reforma del Código Penal. La ley incluirá perseguir las camisetas, libros o pósters con la cara de Guevara y otros líderes y símbolos revolucionarios, pese a que juristas de esa nación ponen en duda la eficacia de la nueva legislación, porque «no tiene sentido castigar a quienes lleven camisetas con imágenes del Che». El incumplimiento llevaría penas de hasta años de cárcel.

Ello ocurre, pese a que en las filas de la izquierda polaca y entre sectores de centroderecha de ese país, hay rotunda oposición a una cacería de brujas contra los representantes y valores del socialismo.

Contrariamente, esta propia semana se divulgó una carta del Che en la que cuestiona visiones estrechas en la formación de los nuevos militantes revolucionarios cubanos, y aconseja amplias y desprejuiciadas miras, que vayan desde los clásicos del marxismo hasta el Keynesianismo. Para el héroe las ideas se construyen y defienden confrontándolas.

¿Será acaso que los dirigentes polacos ansían levantar una nueva y muy «liberalísima» variante de cortina de hierro? Pues como nadie deberían saber de su ineficacia frente a determinados «fantasmas». No vaya a ser que los íconos proscritos les asalten sus otros muros.

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