La jamonada impostora - Opinión

La jamonada impostora

Autor:

Luis Luque Álvarez

Es sábado, hora de almuerzo, y nos decidimos por un sitio conocido: el restaurante capitalino Yang Tse. Agradable ambiente, cierto, y notable afabilidad la de sus dependientes. «Dos sopas chinas y dos filetes canciller, por favor». Un rato después, platos humeantes sobre la mesa. Todo en orden. Echamos mano a los cubiertos y...

¡Hum! ¿No debe ser jamón el ingrediente de la sopa china? ¿Y no debe acompañar igualmente al queso y al pescado en nuestra segunda opción? Entonces, ¿qué hacen estos trozos de pobre jamonada frente a mí? ¿No estoy pagando 60 pesos en toda regla por los dos filetes, y diez por las sopas, para que vengan servidos «como Dios manda» y no como alguna caprichosa voluntad quiere? ¿O será que jamón significa otra cosa en chino mandarín...?

Tengo que averiguar. Mi bolsillo y mi respeto, y los de otros comensales, han sido heridos: «Eso fue lo que entró por jamón este mes, compañero», me dice una de las amables camareras. Pido ver al administrador, y me recibe su segundo: «Mire, lo que tenemos es jamonada, que fue lo que nos surtieron». Voy más allá, a la empresa Restaurantes de Lujo, a indagar en mi doble condición de cliente estafado y periodista interesado en saber cómo se controla lo que el país ha puesto en sus manos para ofertar a la población...

Y es ahí donde continúa este vía crucis vertical. Sí, porque debía ir avanzando «hacia arriba»: «Apague la grabadora —me piden mis dos interlocutores—. No tenemos nada que esconder, pero solo podemos conversar con un periodista si el director de la empresa lo autoriza».

«El director de la empresa», a veces, se vuelve frase que evoca lo etéreo, lo inalcanzable, una suerte de Júpiter todopoderoso que juega dominó con las otras divinidades del Olimpo en convites llamados «reuniones». No tiene por qué ser así en este caso, me digo.

¡Ingenuo! Una voz telefónica me avisa de que el director está dispuesto a conversar conmigo, pero no a autorizar a sus dos subordinados a concederme la entrevista. ¿Y para qué zanahorias tendríamos que reunirnos entonces?

El director provincial de Gastronomía era el próximo peldaño. Ya mascullaba yo que, por este camino, tendría que solicitar la autorización última al Secretario General de la ONU para resolver el misterio del jamón perdido. Pero no fue necesario: muy atentamente, aquel funcionario me informó que el director de Restaurantes de Lujo estaba en el deber de autorizar la entrevista con sus dos subordinados.

Solo que mi candidez fue puesta a prueba otra vez: no habría tal conversación con aquellos, sino con ¡el director de Restaurantes de Lujo!, quien insistió, constantemente, en que apagara la grabadora, pues únicamente podría dialogar conmigo «como cliente, pero así no».

Claro, que un cliente no tiene la voz del reportero, y así como este no puede prohibirle el martillo al carpintero, ¿quién le ordenará al periodista qué debe hacer con su instrumento de trabajo?

Pero debes estar preguntándote, querido Watson, qué ocurrió por fin con el jamón. Seré breve: la «evidencia» dizque no había, que se había acabado tres semanas antes de nuestra visita. Luego ¿estuvieron vendiendo todo ese tiempo filetes de 30 pesos con el ingrediente «equivocado»? Ignoro si hubo un control en algún momento durante ese lapso, pero si lo hubo, ¿cómo Restaurantes de Lujo se enteró tan tardíamente? Un misterio, Watson. Pregúntame mejor a dónde fue a parar Matías Pérez...

Ya, ya: se aplicarán medidas disciplinarias, lo sabemos, pero ¿qué hay del dinero del consumidor durante tres lueeengas semanas? Sí, porque la jamonada entró sin ruborizarse en un plato al que no estaba invitada, mucho más caro que aquellos en los que se emplea usualmente. ¿Acaso no se colectaron así billetes de más?

Mientras llega una respuesta convincente, sería útil recordarles a ciertos «constructores de obstáculos» que un periodista, en Cuba, no tiene por misión pasar como el caballo de Atila y no dejar hierba verde sobre la tierra. Pero sí debe informar, y para eso ha de indagar por los detalles. Pretender jugar con él al gato y al ratón, darle largas y evasivas, no es precisamente signo de seriedad...

Como no lo fue la jamonada impostora...

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