Ana en tiempos modernos

Autor:

Marianela Martín González

Ana Frank, la niña judía que escribió uno de los más célebres diarios conocidos hasta hoy, por estos días hubiera apagado 80 velas, acompañada de amigos y familiares como solía preferir.

Próximo al 12 de junio, fecha de su onomástico, las técnicas de la digitalización la han devuelto, a modo de especulación, como si el tifus no la hubiera devorado con apenas 16 años, en los campos de concentración Westerbork y Auschwitz.

Mirándola en la web, con las arrugas que parecen caminos a múltiples infiernos, se me antoja pensar que si hubiera sobrevivido a las fauces del fascismo, como su padre Otto, tendría tiempo para hablar de tantas cosas, entre estas, las discusiones familiares que enfrentaba con su madre y hermana, las cuales la llevaron a la prematuras conclusiones filosóficas sobre la familia y la amistad.

En tono más íntimo y tal vez con el asomo de cierta brillantez en los envejecidos ojos, recrearía su único amor de adolescente, truncado por los prejuicios y no por la belleza que creyó le faltaba.

Ana recordaría el castaño que contemplaba desde la ventana de la buhardilla de uno de los almacenes de Ámsterdam, donde vivió escondida de las hordas nazis, durante la ocupación a Holanda, junto a su familia y otros judíos.

La imagino contándoles a sus hijos y nietos que a los 13 años, cuando comenzó a escribir su diario se sentía muy sola, a pesar de tener padres amorosos y una hermana de 16 años. Como plasmó en el texto íntimo, habría confesado que por aquel entonces contaba con aproximadamente 30 personas a quienes podía llamar amigos, pero siempre era lo mismo: simple diversión y bromas nada más.

Luego de unas copas de vino por sus 80, Ana hubiera recordado los decretos antijudíos y la estrella amarilla que los identificaba como una plaga a la que se le suspendió usar los tranvías y conducir. La gente le pediría que hablara de temas actuales, para evitarle dolor, y ella seguro hubiera afirmado que la elocuencia es un mal de mujeres y evocaría la tarde en que uno de sus maestros le pidió hacer una composición como castigo para corregir su manía de conversar en clases.

«Mis argumentos eran que el ser habladora es una característica del sexo femenino, no obstante yo pondría mi mayor esfuerzo para mantenerlo bajo control; pero tal mal nunca podría ser curado ya que mi madre hablaba tanto como yo —probablemente más—, y ¿qué puede una hacer con las cualidades heredadas?», diría, como reza en su diario.

Finalmente esa anciana imposible alzaría su copa para que los horrores consumados por Israel a diario contra el pueblo palestino cesen de una vez y por todas. Ella, que bien sabe de genocidio, aseguraría que la tragedia de Gaza ha sido descrita innumerables veces, como lo han sido las tragedias de 1948, de Qibya, de Sabra y Chatila, y de Yenín, pero nada trascendental pasa en el espíritu de esa nación, que como ninguna otra en el mundo sufrió los efectos de la paranoia étnica.

Ana Frank, si hubiera rebasado el holocausto modelado por Hitler, pediría encontrar la brújula moral que extraviaron los sionistas y hace que ahora, en este mismo minuto otras Anas en la Franja de Gaza, escriban páginas de dolor. Era bien aguda esa niña, como para demandar y luchar por lo imposible.

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