Un café sin cafeína

Autor:

Luis Luque Álvarez

A medianoche, un ladrón entra a una casa, ata a su dueño y toma posesión de ella. Como condición para abandonarla, exige que, de las tres habitaciones, el propietario le deje dos a él, además de la libertad para poder entrar y salir cuando le dé la gana, y la promesa de que el afectado jamás llamará a la policía para dar cuenta de la fechoría. Solo así habrá «paz y concordia».

Sí, sí, ¡cómo no!

Es más o menos lo que quiere el primer ministro israelí, a cambio de haber pronunciado tres veces la frase «Estado palestino» durante un discurso el pasado domingo. Era lo que el presidente norteamericano Barack Obama estaba esperando de él hacía tiempo, y ya, para quedar bien con Washington, la dijo: habrá —Tel Aviv mediante— un Estado palestino.

Ahora bien, ¿de qué tipo? Mmm, pues uno que no tenga ejército, que no controle sus fronteras, ni su espacio aéreo, ni su espacio radioeléctrico. Casi nada, ¿no? Esas son las condiciones, por lo que si los palestinos las rechazan, demostrarán su escaso compromiso con la «paz».

Parece irreal, pero el Primer Ministro de Israel está diciéndole a la comunidad internacional: Para que cumplamos con las resoluciones de la ONU, el pueblo palestino debe tenderse en una carretera y esperar que una aplanadora le pase por encima varias veces. Después, si queda algo, puede tener su Estado...

¿A qué viene el capricho de una Palestina sin ejército? Primeramente, veamos la contradicción: Netanyahu exige a la Autoridad Nacional Palestina (ANP) que enfrente al Movimiento de Resistencia Islámica y que tome el control de la Franja de Gaza, donde este gobierna. No digo que se vaya a producir un nuevo enfrentamiento fratricida, pero una ANP sin fuerzas armadas, ¿cómo hará valer el imperio de la ley en ese territorio, ni en ningún otro? Esto, sin contar las amenazas externas, de las que la historia se cansaría de traer ejemplos...

En segundo lugar, veamos el caso del sur del Líbano y hagamos el ejercicio de entrar en la mente de un político israelí. En el «país de los cedros», como se sabe, el ejército ha sido por mucho tiempo una institución débil, con un frágil equilibrio interno entre los distintos credos religiosos que, a la vez, permean la realidad nacional: musulmanes sunnitas, musulmanes chiitas, cristianos maronitas, drusos, etcétera.

Pues bien, pese a la existencia del ejército, ¿qué grupo fue el que pudo repeler de manera organizada a las tropas de Israel en el verano de 2006? Pues el partido chiita libanés Hizbolá, que le ocasionó múltiples bajas. ¡Un grupo particular, no un ejército, hizo detener a los tanques invasores! Luego, desde el butacón imaginario de un político sionista, pregunto: «¿No nos conviene acaso que nuestros vecinos posean tropas disciplinadas, competentes, que respondan a la ANP y garanticen la seguridad de las fronteras, y no una multitud de facciones armadas con libertad de acción ilimitada?».

Parece que Netanyahu, obsesionado en su pelea de león contra mono amarrado, no ha reparado en esta cuestión...

Como tampoco ha pensado en las consecuencias de negarles a los palestinos el acceso a las aguas del río Jordán, porque esa frontera natural con Jordania la controlaría Tel Aviv; ni en la de no permitirles determinar qué aeronaves vuelan por sus cielos y cuáles no, y todo esto mientras las colonias israelíes ilegales continúan con su «crecimiento natural», agujereando una tierra ajena.

En fin, un Estado que no es Estado. Un café sin cafeína, un chocolate sin cacao. «No servirá de mucho, pero entretiene al muchachón de Washington...».

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