El pretexto perfecto - Opinión

El pretexto perfecto

Autor:

Juventud Rebelde

Los países desarrollados se afanan en la búsqueda de soluciones para levantar sus economías tras el impacto de la crisis. Ocupados como están, lo que antes era prioridad, en la nueva coyuntura ya no lo es tanto, y por eso los expertos advierten de la necesidad de mantener y avanzar en la lucha por reducir los efectos del cambio climático. Los tiempos que corren son propicios para que «la crisis» se convierta en el pretexto perfecto para que los ricos dejen de lado sus compromisos con el planeta.

La caída en la produccíon de arroz en Asia es una de las consecuencias del cambio climático. Foto: Reuters Algunos países asiáticos, región muy azotada por los cambios bruscos y a veces imprevisibles del clima, han alertado sobre la necesidad de que, a pesar de la situación económica mundial, las naciones desarrolladas mantengan la reducción de las emisiones de gases que causan el efecto invernadero.

Asia, que acoge a la mitad de la población del planeta, cada vez con más frecuencia acapara las portadas por grandes inundaciones, tsunamis, prolongadas sequías, tornados, ciclones. Las catástrofes y el consiguiente impacto para los habitantes de estos países y para sus economías, exacerban las inestabilidades políticas, los problemas sociales, los deja desprotegidos o en peores condiciones para enfrentar incluso la actual crisis.

La caída en la producción de arroz en el continente, que tiene grandes cosechadores del grano como Vietnam, Tailandia y China, es una de las consecuencias del cambio climático, alertada por Eric Hall, portavoz del Secretariado del Cambio Climático de las Naciones Unidas, quien también insistió, en un foro del Banco Asiático de Desarrollo celebrado en la capital filipina, del peligro que ello representa para la producción agrícola y la seguridad alimentaria de la región.

Por otra parte, el propio funcionario subrayó que Bangkok, Yakarta, Manila y Shanghai son ciudades costeras catalogadas por los expertos de «muy vulnerables» por el rápido crecimiento del nivel de los océanos, así como el incremento de inundaciones y tormentas.

De acuerdo con la ONU, los recursos económicos y tecnológicos necesarios para ayudar a los países en vías de desarrollo a adoptar medidas para hacer frente a la furia de la naturaleza, ascenderán a 250 000 millones de dólares. Y este es el punto en que nos preguntamos de dónde saldrán esos recursos, si los compromisos comienzan a incumplirse y continúan apretando la garganta de la Tierra. ¿Terminará al fin estrangulada (y nosotros con ella)?

Los expertos en el clima han instado a los países ricos a reducir las emisiones entre 25 y 40 por ciento para 2020, con el propósito de evitar los peores efectos del calentamiento global. Y aunque en los últimos años se ha avanzado en la conciencia global en torno a la necesidad de trabajar todos para proteger un planeta, amenazado «gracias» a la irresponsabilidad de nuestra raza, lo cierto es que desde que el cambio climático logró un espacio en la agenda mundial, han sido los poderosos quienes más se han resistido a cooperar.

Recordemos las complejas negociaciones para adoptar el Protocolo de Kyoto en 1997, y lo difícil que ha sido desde entonces hacer que se cumplan las tasas de reducción de gases de efecto invernadero para cada país que se acogió a este convenio internacional.

EE.UU., por ejemplo, es el mayor contaminante a nivel mundial, sin embargo, aunque firmó el Protocolo en 1998, lo rechazó posteriormente (Bush mediante, por supuesto), y hasta el momento se niega a ratificarlo por temor a afectar su economía. Si antes no se adhirió, como lo hicieron Japón y la mayoría de los países de la Unión Europea, es evidente que con el terremoto económico que viven, menos lo harán.

Con estos adelantos, no es descabellado tomar en cuenta la preocupación de los países asiáticos sobre la necesidad de monitorear la actuación de «los grandes en apuros» con relación a este tema. A fin de cuentas, no son ellos los más afectados si la situación continúa empeorando, y no debe existir un pretexto posible para que dejemos de luchar por la supervivencia de la especie humana.

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