Nabucodonosor empata tuberías - Opinión

Nabucodonosor empata tuberías

Autor:

Luis Luque Álvarez

 

 

 

 

 

 

 

Decir Nabucodonosor, en tiempos bíblicos, era como mentarle el agua a un gato: para quienes vivían más pegados al Mediterráneo, el nombre del monarca de la lejana Babilonia era sinónimo de atropello y empujón, pues como para muchos otros reyes contemporáneos suyos, el asunto era conquistar alguna cantidad de tierras para poder decir que se tenía un imperio. Vanidad de vanidades...

Hoy el viejo Nabuco (llamémoslo así familiarmente) vuelve a rondar los territorios de Oriente Próximo, pero no con lanzas y escudos, sino con tuberías. Hablamos de un gasoducto homónimo, un proyecto que comenzará a erigirse en 2010 y que previsiblemente en 2015 ya podrá llevar gas desde Asia central e Iraq hasta Europa. El 13 de julio, en Ankara, representantes de Austria, Hungría, Rumania, Bulgaria y la anfitriona Turquía firmaron el acuerdo para montar la instalación, que se extenderá por 3 300 kilómetros y tendrá un costo de 8 000 millones de euros.

¿Quién pondrá esta vez el combustible que correrá esa maratón? Ya mencionamos a Iraq (el todavía militarmente ocupado país árabe dijo que aportaría unos 15 000 millones de metros cúbicos anualmente), pero también Azerbaiyán y Turkmenistán (a este le es más difícil, porque tiene el mar Caspio de por medio) están en la lista de potenciales abastecedores. Harán falta 31 000 millones de metros cúbicos por año, así que se escuchan proposiciones.

Dos países observan el proyecto con interés, por razones completamente opuestas: Rusia y Turquía. Detengámonos primero en Moscú, que podría resultar perjudicado. La UE, destinataria final de buena parte del gas ruso, lo recibe hoy a través de conductos que atraviesan Ucrania y Belarrús, pero en los últimos inviernos, cuando han ocurrido desacuerdos sobre precios entre el abastecedor y los mencionados países de tránsito, el Kremlin ha cerrado la llave, y en Bruselas han pegado un brinco.

No olvidemos, sin embargo, que de la buena relación entre el ex canciller germano Gerhard Schroeder y el entonces presidente ruso, Vladimir Putin, nació años atrás un acuerdo para construir el Gasoducto del Norte, que correrá por el fondo del mar Báltico derechito hacia Alemania, sin tocar a intermediarios. Por esa vía, el argumento de la influencia de terceros en el abastecimiento de gas ruso (25 por ciento del que consume Europa) quedará sin sostén.

Otra suerte correrá, por lo visto, el Gasoducto del Sur. Rusia había suscrito el proyecto con Italia, Grecia y Bulgaria, pero tras las elecciones del 5 de julio en este último país, el Partido Socialista retrocedió ante una formación de derecha (Ciudadanos para el Desarrollo Europeo de Bulgaria) que promete, nada más instalarse en Sofía, acabar con ese y otros planes con Moscú. La cancillería rusa ya advirtió: «Todo proyecto de gasoducto debe basarse en criterios de viabilidad económica, no en consideraciones geopolíticas, y este no es el caso de Nabuco».

Vamos ahora hacia Turquía. El gobierno de ese país pone énfasis en que las obras del gasoducto comiencen en la ciudad de Erzurum, al oriente del país. ¿Qué busca Ankara? Pues el impulso final para vencer las reticencias a su ingreso en la UE, un bloque que hoy importa el 58 por ciento del gas, pero que en 2030 comprará el 80 por ciento.

El país euroasiático, que se quedará —desde luego— con su «rebanadita» de gas, ve en su condición de lugar de tránsito una baza para saltar hacia Bruselas. «Si se considera únicamente el punto de vista energético, es evidente que Turquía tiene que ser miembro de la Unión Europea», ha dicho el primer ministro Recep Tayyip Erdogan.

Así, sospecho que las preocupaciones europeas no se acabarán escapando del gigante ruso, ni de ucranianos y belarrusos. Siempre el gas deberá pasar por algún sitio donde hay políticos, ¡y siempre querrán alguna tajada!

El viejo Nabucodonosor, con la llave picoloro en la mano, se prepara a empatar tuberías.

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