Me da un vaso de agua...

Autor:

Mileyda Menéndez Dávila

Cuentan que la extraña mujer llegó al poblado y pidió un vaso de agua, pero andaban todos tan atareados preparando su fiesta que no prestaron atención a la desconocida visitante.

Nadie calmó su sed, como nadie indagó qué la impulsaba a subir hasta ese remoto paraje del norte villaclareño, donde la vista se enreda a gusto entre infinitas palmas y salta de valle en valle hasta topar con la silueta de los cayos que coronan la costa de Caibarién.

De aquel suceso solo recuerdan que la indignada mujer maldijo al pueblo, y para que en lo adelante los lugareños no olvidaran tratar bien a los forasteros les auguró mucha lluvia cada vez que organizaran algún festejo popular.

¿Pura leyenda? Puede ser... pero quien visita hoy Buenavista no tarda en descubrir la raíz de esa historia, y es que, de manera inexplicable, en días de celebraciones suele caer bastante agua por la zona. ¡Hasta en las parrandas!

Pero también resulta que los buenavisteños son hoy tan hospitalarios, generosos y abiertos, que de volver al pueblo aquella gitana de seguro retiraría con gusto su acuosa maldición.

Tal vez siempre fueron así, espléndidos como la mayoría de las familias cubanas, las «del campo» y también las de las ciudades, donde la gente vive más de prisa pero conserva el paladar para el buchito de café del vecino y no olvida devolver los platos con alguna golosina casera.

En Bayamo o en Santa Clara, en Guayos o en el corazón de Las Tunas, en San Juan y Martínez o en un batey de Quivicán, quien llega «a buena hora» a un hogar cubano es sumado de prisa al plato fuerte, o al menos al arroz con frijoles, el pan con timba o la dulce «sopa de gallo», la misma que mató tanta hambre mambisa entre los montes.

Esa es Cuba, más allá de la imagen de ron bravo, playa azul y mulatas fáciles que tratan de vender de nuestra Isla quienes no la conocen vena adentro.

Aunque el bolsillo aprieta y la despensa se resiente. Aunque la merecida bonanza económica emula con la adivinanza aquella de «mientras más cerca, más lejos, mientras más lejos, más cerca...», este país sigue siendo franca morada de todos los necesitados, los de adentro y los «de afuera», a despecho de ciclones, incertidumbres mercantiles y pesadillas globalizadoras.

¿Que reaprenderemos magia blanca para multiplicar panes y peces cada tarde? Tal vez... Ninguna crisis menguará nuestro espíritu de gente humilde que se siente honrada cuando tiene visita y sin falso pudor comparte su pudín de coco o desempolva su mejor toalla y arma nidos de amor con sábanas preñadas de remiendos.

Los tecleros de toda Cuba, los que cada jueves leemos la columna y cada mes multiplicamos las tertulias, damos fe de lo sabroso que es compartir sin melindres y verle el rostro a la más auténtica solidaridad.

Por eso creemos en el mejoramiento humano donde otros creen en cifras o en marcas, y hasta tenemos un conjuro de viaje ideal para romper maldiciones gitanas.

Es tan fácil que se puede probar a cualquier hora y en cualquier punto de este caimán supergeneroso. Basta llegar a una casa amiga y decir: «Me da un vaso de agua que tengo un hambre que no sé dónde voy a dormir esta noche».

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