A quienes creen en besar sapos - Opinión

A quienes creen en besar sapos

Autor:

Alina Perera Robbio

En algún instante casi todos necesitamos sentir que si besamos o decimos «te amo» a un sapo, este se convertirá en príncipe (o en princesa). Nos urge vivir con la esperanza de que los pliegues más oscuros de la naturaleza humana podrán iluminarse y hasta ser enderezados por el amor.

El asunto parece ser consustancial a nuestra especie, porque de su tratamiento se han encontrado trazas que llevan a la antigua Grecia y que hoy nos colocan, por ejemplo, ante la versión moderna de La Bella y la Bestia, fruto de múltiples narraciones similares a lo largo de siglos.

Esa fábula de que a golpe de amor lo más rechazado puede experimentar una metamorfosis redentora, es para mí de las más hermosas conocidas, pues, según ella, nunca sabremos a ciencia cierta el milagro que nuestros buenos actos pueden obrar en otros. Por eso, sin dudas, es de lujo el propósito de quienes en el Anfiteatro del Centro Histórico de la Ciudad de La Habana, vienen regalando a los espectadores una función donde se cuenta la historia de La Bella y la Bestia.

Cada fin de semana, al amparo de la luna tenue o viva como una moneda, numerosos visitantes se acomodan en asientos de piedra, sin espaldar, para beberse un sobrio escenario cuyo espacio es aprovechado a la perfección, desde el cual se cuenta, colorida y cuidadosamente, cómo la humanidad de una joven rompe el hechizo que había convertido a un hombre grosero y egoísta en criatura espantosa.

Es un regalo presenciar el desfile de los personajes a través de ese género nada fácil que es el teatro musical: La Bella tiene la elegancia y lindura de las damas de los cuentos de hadas; la Bestia es la estampa de los relegados, los incomprendidos, los que se avergüenzan de sí, los raros. Y es maravilloso ese contrapunteo: el dúo del necio, del malo Gastón —pretendiente de la protagonista— y su compinche (un segundón que solo ríe las gracias del primero cuando debería reprobarlas).

Sencillamente admirable es la vajilla viviente que a lo largo de la función nos recuerda la conocida cena en el castillo de la Bestia: aparecen los enormes platos, las cucharas, los tenedores. Nos quedamos atrapados en el diseño de vestuario concebido por Eduardo Arrocha. Las telas lucen brillos y colores de ensueño. El personaje Din Don, reloj que mueve su cabeza llena de tiempo, ha sido un verdadero reto a lo imaginativo.

Al final de la puesta en escena, a cargo de Alfonso Menéndez, los niños quieren averiguar cómo es que la Bestia se colgaba en un pedacito del muro al fondo del escenario, y buscan a la Bella para retratarse junto a su bondad. Los padres, los jóvenes enamorados y los abuelos, quedan sumidos en la complicidad de haber visto y disfrutado la transmutación salvadora. Y se alejan con las buenas señales atrapadas en un rincón de la urbe tan calurosa y casi siempre preñada de prisas.

Disculpen por ser tan descriptiva. Pero desde que viví esa historia como espectadora, tras la cual habita un esfuerzo descomunal en pos de las fantasías de la gente, ansiaba compartirla, a ver si otros se embullan y dan una vuelta por el Anfiteatro de La Habana antes de que termine septiembre. Después de todo, son escasas las oportunidades en que se nos recuerda que hay algo muy grande en la voluntad de besar sapos.

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