¿Otra vez las maletas?

Autor:

Luis Luque Álvarez

Sultan Kuzayev vive en Tskhinvali, capital de Osetia del Sur. El 8 de agosto de 2008, mientras todo el planeta estaba pegado al televisor, pendiente de la inauguración de las Olimpiadas, él y sus hijos se pegaban al suelo de un refugio. Los tanques invasores enviados por Georgia pasaban a pocos metros. Una bomba cayó allí, y el fuego campeó.

Hoy Sultan vive en un establo. Otros miles de sudosetios están en las mismas, o parecidas...

También un georgiano llamado Spiridon, quien cultivaba la tierra en una granja de Osetia del Sur, perdió su hogar. De nuevo el fuego. Él y su familia —así como miles de sus compatriotas— escaparon hacia Georgia, temerosos de las ráfagas entre los soldados de su país y los rusos. Hoy se acomoda como puede cerca de Tblisi, la capital, en un enclave que acoge a 450 refugiados con los que Mijaíl Shaakashvili, el presidente georgiano, se lava las manos al hacerles llegar 15 dólares mensuales para que «resuelvan».

Ambos testimonios, recogidos por la BBC, son semejantes: Dos civiles, gente de trabajo, a los que la guerra les descompuso la existencia, tanto como desajustó el paisaje: viviendas en ruinas, toneladas de chatarra de tanques y otros medios bélicos, campos abandonados...

Habrá que agradecer estas tristes imágenes a Shaakashvili, a quien, por rara inspiración, le dio por irle para arriba a la república autónoma de Osetia del Sur (los osetios se declararon independien-tes de Georgia en 1990, igual que Abjasia en 1992), cuando se suponía que el mundo —siempre con dos o tres guerritas en las noticias— debía honrar la tregua olímpica, la lid de los músculos, no de los fusiles.

Moscú, que perdió efectivos de su fuerza de paz interpuesta entre georgianos y sudosetios, ante la sorpresiva rabieta de Tbilisi, respondió con vehemencia y desplegó tropas bien adentro de territorio georgiano. El presidente galo Nicolás Sarkozy, entonces al frente de la Unión Europea, debió sudar el traje para que el oso se aplacara ante el desafío.

El plan de paz francés, que incluía la retirada de los contendientes a las posiciones previas al conflicto, fue firmado primero por Shaakashvili, y solo después por el líder ruso, Dmitri Medvédev. Una bofetada para el primero, quien se engrió bajo las faldas de Washington (después de Israel, Georgia es el segundo receptor de ayuda de EE.UU.) y de la OTAN, organización a la que si hubiera pertenecido en aquel momento, habría obligado a entrar en guerra, pues su artículo cinco dice algo más o menos como «uno para todos y todos para uno». ¡Vaya lindeza habría sido ver a grandes potencias liarse a puñetazos por la provocación de un malcriado! Ya se podrá adivinar por qué algunos en el pacto militarista no quieren ni oír hablar de Georgia...

Y bien, ¿qué ha ocurrido en este año? Ejército la síntesis: Moscú y Tbilisi han hablado tres veces en Ginebra, y tres veces se han mandado a freír tusas; el buscapleitos de Shaakashvili ha estado internamente en el pico de la piragua, pero los bastones de su policía han podido más que el descontento de los manifestantes que le piden que se largue; el vicepresidente de EE.UU., Joseph Biden, lo ha visitado y le ha pedido control, pero Washington sigue suministrándole armas y adiestramiento a su ejército; Rusia y la OTAN engavetaron el disgusto e hicieron las paces —«nunca digas nunca»—, y por estos días hay reportes de disparos entre Georgia y Osetia del Sur, mientras el Kremlin anuncia una respuesta firme si hay otra invasión.

Ojalá Sultan y Spiridon no deban hacer las maletas nuevamente.

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