Carlos Manuel, Celia, Manzanillo

Autor:

Jesús Arencibia Lorenzo

Eran esclavos. Negros educados para decir: «mi amo» y bajar la cabeza. Pero la Historia cambia en segundos y las campanadas de aquel día traían un acento raro. Miguel, Toby, Teresa, Guadalupe, Lino José, Jesús... 53 de La Demajagua y otros tantos de ingenios vecinos. Y sus dueños, que después del toque y la formación dejarían de serlo.

«¿Qué estarían pensando aquellos infelices?», se pregunta, —nos pregunta— César Martín, el Historiador, en una de esas idas y vueltas suyas al 10 de Octubre en las que uno apenas sabe si tiene atisbos del pasado o recuerdos del futuro. El día de Gloria fue sábado y esta mañana amanece martes, pero qué saben los calendarios de las conexiones profundas de un país.

César habla, cuenta, señala, se impulsa para tocar el jolgorio y el miedo y todos los arcanos de cuando arrancó la epopeya. En el grupo de expedicionarios de la familia lectora de Juventud Rebelde algunos anotan, otros piensan, alguien llora...

Todo se enlaza. Ayer porque mañana. Hoy porque siempre. Y en apenas una hora ha comenzado, a caballo, un recorrido de tres días. No hay tiempo y tiene que haberlo.

Escribimos sobre hechos y hombres de los instantes fundacionales y hay que recorrer aquellas jornadas...

Del otrora ingenio de Carlos Manuel hasta la casa natal de Celia en Media Luna. Antes, al parque, a la roca escalonada como base de montaña en la que una muchacha de piedra, agua, musgos, tan suave... con los ojos cerrados, piensan con la ropa húmeda, llora, con los pies descalzos, vuela.

Es la hija del doctor Manuel Sánchez Silveira: el sabio de estas tierras que trajo al mundo a sus nueve hijos; investigó los pasos heroicos de Carlos Manuel y Martí; y anduvo a pie cada palmo del suelo rebelde. La quinta muchacha que vio la casita verde rodeada de flores es Celia Esther de los Desamparados. Ningún nombre mejor.

Ahí está con cuatro años y un rostro de ángel, de combatiente entre fusiles; de madrina del pueblo con los niños huérfanos, de mariposa: blanca, insurrecta, pura.

Nos vamos, pero alcanza para que una estudiante del grupo de tecleros se asombre del Colt 45 que Don Manuel regaló a la hija para que hiciera patria. Le dio luz, enseñanza y vergüenza.

Rápido... Otra vez al camino. Ahora a sentir la voz de tenor de Daniel Rodríguez Verdecia, en el cementerio de Manzanillo. Aquí reposan tres Presidentes de la República de Cuba en Armas: Bartolomé Masó, Francisco Javier de Céspedes y Titá Calvar. También el poeta Navarro Luna y el cantor Carlos Puebla; y más de 200 soldados de los que no tienen un nombre grande, pero sostuvieron con sus hombros a todos los colosos.

Casi no quedan segundos. En instantánea una vuelta por Manzanillo... por la hospitalidad y el sacrificio de los granmenses; y el reencuentro de Caridad y Lilian, dos de las tecleras, con su familia de estos lares. Así también se enlaza y reconstruye la historia personal, la pequeña e inmensa. Mañana, los 50 expedicionarios harán dos columnas: una hacia la Comandancia de La Plata y otra hasta el Turquino. Esperan lomas. Esperen letras.

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