¿Música de ceremonias?

Autor:

Marianela Martín González

Aún no se habían escuchado las notas del Himno Nacional. Esperábamos por quienes presidirían el acto. Entonces el salón se iluminó: «Haz que tus alas abran vuelo hacia la luz, que sea un disparo de la vida, un proyectil de amor, que haga blanco en mi interior». Era la voz inconfundible de Pablo Milanés que venturosamente recordaba la existencia de la poesía.

Los jóvenes escucharon aquella cadencia que tal vez nunca antes habían disfrutado y en sus rostros apareció algo muy extraño, pero similar al placer. Era la voz de Pablito un abrevadero para aliviarnos de la vulgaridad que día a día nos golpea el oído, empeñada en encumbrar a la mujer «perspicaz» que vive de sus hermosuras con frialdad, al hombre de éxito por solo tener la billetera saludable o recordarnos que «soy un animal», algo bien sabido, pero con la prerrogativa de estar dotados de juicio y razonamiento como para sentir aversión por lo pedestre.

¿Por qué esta música tiene que ser solo para ceremonias?, me comentó alguien que tarareaba algunas de aquellas joyas de la Nueva Trova cubana. Entonces hablamos de cosas más viscerales, como si lo que difunden los medios se parece a la realidad o viceversa. Fue un diálogo breve por la circunstancia, pero coincidimos en que los patrones musicales están justificando y hasta reforzando estándares incoherentes con nuestro proyecto social.

Recordé las tantas veces que se les ha pedido a los jóvenes emprender una labor político-ideológica para ultimar los dilemas sociales y encarar los retos económicos que nos agobian. Pero, casi imposible resulta lograr concienciar a nuestros muchachos con una banda sonora tan hueca para desarrollar sus vidas. Hace falta una letra que sugiera, que enseñe y deje huellas en nuestros corazones.

Barata manera de buscarse el pan la de esos que infestan el éter y les pagan por derecho de autor cada vez que sus alaridos se difunden por los medios. Hasta he escuchado a jóvenes que quisieran fundar un grupo musical para poder viajar y tener utilidades enjundiosas, «porque aquí ya cualquiera canta y se hace famoso».

Si difundir esa música responde a un balance que debe existir en los medios de difusión entre la música extranjera y la nacional, la selección se está haciendo para complacer a una audiencia con muy mal gusto, y los cubanos si en algo nos distinguimos es por poseer un refinado sentido estético. Tal parece que entonces la selección responde a demandas dudosas.

Pablo, Silvio, Sara, Amaury, Liuba y tantos otros exponentes de nuestra música no pueden ser comodines de actos y días festivos. Sus textos han acompañado a más de una generación, lo mismo para amarse que para convidarnos a andar para llegar a la vida.

Un proyectil que haga blanco en nuestro interior deben ser las canciones que escuchamos. Nada que nos incite a actuar como animales debe ocupar espacios en nuestros medios. Hay muy buena música nacida en y por esta Isla que duerme en las fonotecas, mientras la sed por ella se acrecienta.

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