Dos panes y una catedral

Autor:

Luis Luque Álvarez

UN dependiente gastronómico salió de la panadería rumbo a su punto de ventas, cerca de la centrohabanera Zanja. Sobre el hombro, una tártara con panes redondos, amarillitos, suaves, de los que nuestros dientes saben bien cómo se ponen escasas horas después. Pero en fin, el tema es otro.

Por accidente, dos panes fueron a parar al suelo, a la calle, a la que no le faltaban —amén del polvo— algunas aguas, pequeños desperdicios y manchas de grasa. «¿Recogerlos o no recogerlos? Esa es la cuestión», dubitaba el mozo ante el par de caídos. Pero una mano amiga, la de un sujeto que se aburría sentado en la acera, arregló el asunto: agarró los panes, los frotó contra su pulóver como en acto de higiénica caridad, y se los colocó de vuelta en la bandeja al dependiente: «¡Gracias, mi hermano!».

Sí, y gracias por las bacterias y otras microscópicas alimañas de la calle Zanja que, de no ser por ti, «amable» vecino, jamás hubieran podido conocer mundo ni mudarse a un confortable estómago o un cálido intestino: el del infortunado que, picado por el hambre, compró ingenuo un pan con lechón en una cafetería de la zona…

«Ojos que no ven, corazón que no siente», replican los inescrupulosos. ¡Desde luego! Lo que pasa es que no les agradaría verse ellos mismos presos de esa regla. «¿Comerme yo un pan recogido en la calle? ¡Psst!».

Ocurrió en una esquina habanera, pero dondequiera puede pasar. Bastan solo dos ingredientes: el desprecio por el prójimo y la poca seriedad ante el trabajo. Lo primero no tiene que ser clavarle al otro una estaca en una oreja. No; también puede expresarse en la despreocupación total por si adquiere una parasitosis, o por si pierde las piernas de tanto estar parado en la cola del banco, a pesar de tantas butacas vacías, porque «la filita hay que hacerla aquí» (es decir, de pie, al sol, y a las puertas).

Lo segundo puede volverse endémico con el tiempo. Es hacer las cosas «bien» hasta un límite: aquel que impone la vista de los demás. Si hay una inspección, ¡a pintar la fachada, podar el jardín y arreglar un manojo de papeles! Pero solo lo que «la visita» vaya a ver. El resto, que se pudra y que las auras se den banquete. «Total, nadie pasará por ahí».

Un sabio señor, que tuvo la oportunidad de subir a lo alto de las torres de la catedral de Burgos —uno de los más afamados monumentos góticos de España—, reparó en que allá arriba, muy lejos de la mirada de los transeúntes de la plaza, también los artífices se esmeraron en esculpir con suma exquisitez las figuras de piedra. Al regreso, ofreció su conclusión certera: la excelencia de los adornos de la fachada, el rosetón, el arco del pórtico, fascinaban comúnmente a los viandantes, pero la obra de los pináculos y lo más elevado de las torres, igual de hermosa, estaba allí para ser admirada únicamente desde el cielo.

Tal vez ahí radica el principal mérito del trabajador: en su empeño para que el fruto final, visible o invisible, pero siempre labrado con dedicación, se pueda brindar con digna calidad a todos. ¿Imaginan si el arquitecto medieval hubiera soltado: «Dejen eso como quiera, que nadie va a subir esa escalera para ver la chapucería»?

Habría sido, sin duda, como recoger dos panes del suelo y dárselos al primer estómago necesitado de merienda…

 

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