La ciudad humana que soñamos

Autor:

Lisván Lescaille Durand

Ningún epíteto domina aún el abanico de impresiones que experimentan quienes llegan a la ciudad de Guantánamo: ¡bella, distinta, espaciosa, concurrida, elegante!… Así la sienten lo mismo el forastero que quien la dejó hace algún tiempo señalándola más por sus sombras que por sus luces.

Un colega que nos visitó interesado en las experiencias del manejo medioambiental, se despegó inmediatamente del protocolo para «quitarse el sombrero» ante la mágica y súbita atracción de su arquitectura, sus gentes y la disponibilidad de sus espacios, donde convive el 47 por ciento de los más de 500 000 guantanameros.

Y al anfitrión le suben los aires de autoestima a la cabeza ante el rostro citadino que pocas veces mostró tales atractivos, capaces de despertar pasiones y colocar a cualquier residente en el escenario más cómodo para desplegar sus herramientas comunicativas.

Estos aires renovadores de la urbe, acariciada por el Guaso y otros inquietos ríos, empiezan a sacudir la modorra y el escepticismo de quienes vivimos en la Más Oriental, afectada por fatalismos geográficos y, por realidades derivadas del desigual desarrollo de las provincias.

Guantánamo gusta por sus amplias retículas señoreadas por edificios eclécticos, pero sobre todo por su funcionabilidad para el ajetreo comercial. Así se le describe desde sus días precursores, nos recuerdan historiadores, arquitectos y fervientes quijotes de cuanto se ha hecho.

Imposible desconocer el intenso esfuerzo de los guantanameros y el uso eficiente que dan sus autoridades a los nunca abundantes recursos del Programa de Desarrollo Local, el cual obró la metamorfosis en decenas de espacios públicos restaurados o reorientados en su finalidad para ofrecer múltiples asistencias a la población.

En su especial bulevar, al que le nacieron de golpe una decena de servicios elegantes, creativos y funcionales —cuando apenas su proyecto transita por la segunda etapa—, pudiera concretarse la idea martiana de que un espacio hermoso obra sobre la virtud; y esa visión no escapa al compromiso guantanamero de una urbe lo más humana posible.

Restaurantes, cafeterías, pizzerías, centros comerciales en ambas monedas, mercados agrícolas… son claramente identificados en el centro, la periferia y otros municipios como expresión de que la creatividad y los sudores colectivos son buenos antídotos en tiempos de crisis económica.

Tal vez el lector de otra geografía sepa disculparme por esta suerte de réquiem por Guantánamo, robustecido en el convencimiento paulatino de que las provincias no están ordenadas por números y, en consecuencia, no somos la número 14, sotanera o excluida para los grandes empeños de la nación.

Las expresiones de satisfacción también dejan el mensaje de que aun con la carga de problemas a cuestas, las limitaciones o los reajustes encarando la crisis, es posible cambiar con ingenio y creatividad el rostro de un territorio batido en duelo constante contra la desidia, y en defensa de un proyecto social que procura mayores beneficios para sus habitantes.

Que nadie tenga una impresión equivocada: esta provincia no navega por un mar de felicidad. Ni existe la más mínima sombra de complacencia en esta hora de necesidades cotidianas y la urgencia de trabajar duro, pero descubrir nuestra hermosura de propósitos y la capacidad de amarnos en medio de las cuitas es el mejor de los augurios.

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