¿Qué despertó a la fiera?

Autor:

Ricardo Ronquillo Bello

Aquel gesto es como el pesebre del que nació una extraordinaria vocación moral: el bien de la patria está siempre por delante de todo, incluso la fortuna material y la vida. Cuba nació de una tradición ética paradigmática. Una de sus expresiones más conmovedoras es que se levantó a la lucha con sus ricos hacendados entregándose a la miseria y dándolo todo a la libertad.

Escribí unas líneas parecidas en el año 2004, y me acuden nuevamente mientras repaso las ideas expuestas el pasado 13 de agosto en este diario por Armando Hart Dávalos, a propósito del cumpleaños 83 de Fidel.

Hart, partícipe y decisor en la última etapa liberadora, y empeñado en promover un diálogo con quienes deberán conducir la Revolución hacia el futuro, insiste con frecuencia en el valor de la ética como fuerza de purificación y salvadora especial del empeño político que se inició con la Generación del Centenario.

La recurrencia no es fortuita. Tal vez, como nunca, se libra entre nosotros una lucha entre sustanciales fuerzas encontradas: las de la Cuba moral, desprendida, solidaria, con la egoísta, insensible, parasitaria.

El encontronazo es más peligroso porque ocurre cuando han pasado más de 50 años desde que se impusieran, ya no solo en la conciencia de los mejores cubanos, sino también en el poder, las fuerzas morales, como las llamaría José Ingenieros, el filósofo marxista latinoamericano.

Quienes no asaltamos el Moncada, subimos a la Sierra o nos batimos en las ciudades antes del 59, vivimos una extraña dicotomía: la hermosa bendición de ver desbordarse el alma de Cuba de extraordinarios paradigmas, y la de apreciar cómo algunos de estos se marchitaban.

Tras el paso de la Caravana de la Libertad, a los héroes no teníamos que ir a buscarlos a los libros, en las leyendas o epopeyas del pasado, vestían de verde olivo, caminaban junto a la gente, soñaban y padecían junto a ella la construcción de un nuevo destino.

Con los barbudos y su desenfado fundacional, la humildad había vencido al pretencioso y mezquino afán burgués, y, como sostendría el famoso Patriarca San Juan Crisóstomo, se había convertido, como en un relámpago, en la raíz, madre, enfermera, fundamento y ligadura de toda virtud.

Pero mientras ahondo en los razonamientos de Hart, pienso que también dentro de la Revolución se incubó la antítesis ética cespediana; contra todos los pronósticos. Podría llenarse una lista triste con todo lo contrario, pese a que la cristalina utopía con la que nació y aún sobrevive el proceso dicta lo contrario.

No faltaron quienes se parapetaron tras su nombre, sus prestigios y sus cargos para medrar de las riquezas de Cuba, a costa de sus dolores, sus acosos, sus pesares y amarguras. Tampoco quienes escalaron en privilegios mientras aplastaban el ansia justiciera y el espíritu cívico fundados por la Revolución.

Ahí está para recordárnoslo la urgencia de crear la Contraloría General de la República, como expresión de que algo hizo despertar a esa fiera dormida que, según José Martí —y nos los recuerda Hart— lleva todo hombre dentro. Con ese u otros instrumentos ha sido necesario ponerle riendas.

Aunque no solo con mecanismos legales e institucionales se rescata a la «fiera admirable», de la que se enorgullece el Apóstol de nuestra independencia. Tal como incita el actual director de la Oficina del Programa Martiano del Consejo de Estado, algo mucho menos institucional y más elevado deberá hacerse reverdecer en este extraño «otoño moral» de algún sector de los cubanos, para que sin otras mediaciones que su conciencia le sea dada la grandeza de «llevar las riendas de sí mismos».

Tal vez por ello no son tan simples las respuestas de lo que ha pasado en estos años. Ni nunca antes hemos tenido todos el deber de ser tan hondos en medir las causas y las consecuencias de la contienda ética de la que somos protagonistas.

Porque como abordé en otro momento, no es sencillo despejar por qué las arrolladoras fuerzas morales que hicieron triunfar la Revolución cedieron en su vitalidad, hasta dejar terreno libre a los peores rasgos del país que tantos sacrificios y vidas costó dejar atrás.

Por eso, en este debate profundo que se nos abre, debemos medir, junto a la suerte ética colectiva e individual, su acompañamiento institucional, porque de esa combinación emergió la potencia inusitada de la Revolución: de darle estructura, cauce y sentido nacional a la fuerza moral de nuestra tradición.

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