Descamisados y matapasiones

Autor:

José Aurelio Paz

«¡A ver, dime por qué!» casi me gritaba una amiga, con ese humor tan suyo, mezcla de risa y enojo, en una reciente conversación. «Si mi novio se para en una esquina y enseña sus bíceps y sus tríceps no pasa nada. ¡Él es el tipo! Le cuesta muy caro el gimnasio para que, luego, no pueda exhibir “el producto”. Sin embargo, si yo solo me levanto un poco la blusa, en plena calle, me llaman bruta con P. Y eso no tiene otro nombre que machismo social».

El tema venía a tono con los descamisados. No aquellos muchachones que integraron la escuadra del Che durante la lucha insurreccional y que, tan magistralmente, pintaron en su libro Enrique y Rogelio Acevedo. Hablábamos de los «sin censura» que transitan nuestras calles sin que nadie, por lo general, les llame la atención cuando exhiben el desnudo torso cual efebos romanos escapados de las bacanales de Calígula.

Cuentan las abuelas que por nada del mundo un hijo se sentaba sin camisa a la mesa. Pero los tiempos cambian y las costumbres familiares también, y los calores arrecian, y el Caribe, redescubierto por nosotros en el fondo de las rancias tradiciones españolas, nos ha enseñado que andar ligeritos de ropa no es pecado, siempre y cuando la mesura atempere el gesto.

Los tiempos cambian y las mentalidades también, y lo caro del detergente y las estrecheces del bolsillo común nos hacen entender que hay que ahorrar ropa, mas esto no puede traducirse en desfachatez; en desaliño público.

Puede usted salir «fresco» a paseo, pero con cierto matiz de prestancia. Sin embargo, confundimos lo esencial con lo vulgar y ahí viene el desenfreno.

Quién ha dicho que las populares, por baratas, chancletas Zico son para andar en la calle, o esa camiseta, perdida hace siglos de los comercios como prenda interior, ahora se exhibe, por sí sola, desde un descomunal pecho en cualquier esquina. Los jóvenes la asumen como el último grito de la moda y, de verdad, dan ganas de gritar.

Pero no hay espectáculo como esas desnudas «pechonalidades», exquisitamente afeitadas a pesar de la crisis de las maquinitas en los mercados. Se muestran por doquier, como perniles de cerdo en mostrador de carnicería.

Digo que todos tenemos parte en este relajo «contemplativo». La familia, esa celdilla invisible donde la miel se hace estéril, a veces, por desmedidas permisiones; leyes que no ponen coto a esas obscenidades de esquina; ciertas autoridades públicas, ciegas, mudas y sordas, como Shakira, ante tales desatinos… Y, a pesar de las reiteradas campañas de rescate de valores continuamos favoreciendo conductas que entronizan el machismo como patente de corso.

Decía Platón que «el cuerpo humano es el carruaje; el yo, el hombre que lo conduce; el pensamiento son las riendas, y los sentimientos los caballos». Por eso, pienso siempre en Sebastián, un cochero tan distinto a los de hoy. Bajo su humilde pantalón de caqui no podía faltar aquel «matapasiones», blanco como coco y firme soldado de almidón, que le hacía sentirse el macho que era. Pero, por fuera, era otra cosa. Cuando una mujer le pedía, por favor, que la llevara en su coche, sonreía, respetuoso, antes de decir: «¡Adonde mande usted, princesa!» mientras azuzaba, con cariño, a sus bestias.

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