UNASUR, después de Bariloche

Autor:

Marina Menéndez Quintero

¿Y qué dice por fin en detalle ese acuerdo que ha levantado todas las talanqueras en Colombia a los militares gringos, y convertido a ese territorio en trampolín del Comando Sur?

Tal fue el pedido de muchos de los colegas de UNASUR: que el presidente Álvaro Uribe explicara, pero no respondió en la argentina Bariloche ni ha dicho algo más después, si bien bastan los trascendidos anticipados para saber que el convenio, sencillamente, ha convertido a Colombia en una rampa: una rampa para la intrusión que permitirá al Pentágono la mirada escudriñadora hacia todos los rincones latinoamericanos y el desplazamiento rápido de sus tropas hacia donde sea menester.

Aunque pronto hará una semana de la reunión que con tal motivo celebró UNASUR, las «secuelas» del acuerdo lo mantienen como noticia y, más que ello, como amenaza sobre la que Latinoamérica, e incluso el continente africano, deberán poner ojo avizor.

Por eso, frente a los reclamos de quienes han valorado como muy «principista» y poco exigente la Declaración Final de la Cumbre, se levantan dos acuerdos cruciales. El primero de ellos, que el recién conformado Consejo de Defensa de UNASUR examine la situación en las fronteras y tenga la potestad de inspeccionar las bases militares que se levantan en Latinoamérica, pues ninguna acción debe poner en riesgo la soberanía de las naciones conosureñas. El otro, que el propio Consejo analice el llamado Libro Blanco del Comando de Movilidad Aérea de las Fuerzas Armadas de EE.UU.

La Casa de Nariño, sencillamente, ha ¿prestado? el suelo de Colombia para que Washington concrete sus renovados planes de dominación mundial, a cambio de una ayuda militar que desde el año 2000 sobrepasa los 5 000 millones de dólares y seguirá ascendiendo, como lo demuestran los poco más de 500 millones concedidos para el 2010 en virtud del Plan Colombia aún recortados sin contar otros dineros.

Si algo de sinceridad hubo, entre otras franquezas, fue la aceptación por Uribe de que la millonada verde resulta definitoria en su afán de dirimir a viva fuerza el conflicto armado y desarticular esas redes del narcotráfico, que tanta relación guardan, sin embargo, con la llamada «narcopolítica» y la acción paramilitar. Con ello reconocía también el peso que ha tenido la mano de EE.UU. en el devenir interno: una realidad pasada a veces por alto cuando grupos sociales colombianos han denunciado el signo contrainsurgente que marca la relación Washington-Bogotá.

Pero quizá lo más relevante fuera la confesión de Uribe, dicha como al pasar, de que el acuerdo con EE.UU. ya estaba firmado. Frente al hecho consumado, el mejor saldo de la Cumbre fue mantener a UNASUR íntegra y por tanto viva, y haber instalado desde ella los resortes que deberán mantener al Cono Sur a su recaudo, y no al de extraños, por difícil que sea competir en tecnología con la maquinaria bélica del Imperio. El Consejo de Defensa de UNASUR tiene el reto.

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