Valor agua - Opinión

Valor agua

Autor:

Hugo Rius

Hay que despojarse el sombrero ante el gigantesco proyecto de trasvase de agua Este-Oeste cuya primera etapa se inauguró en Holguín en fecha reciente. Se trata de una obra monumental, de enormes alcances económico y social, estratégico, a la que se vuelcan ingeniosidad y talentos para concluirla en los próximos años. Habrá que seguir su desarrollo con todas las justificadas expectativas.

Y con ello retener sobre todo una avizora sentencia enfatizada por Raúl en el acto inaugural: el agua valdrá más que el níquel, más que el petróleo. Si tuviéramos que llevar el vital líquido a conceptos macroeconómicos se me ocurre llamarlo valor agua.

En ese habitual ir y venir de asociaciones, que suelen provocar los discursos, me trasladé al año 1985, cuando en El Cairo, el entonces secretario de Estado, y años después Secretario General de la ONU, Boutros Ghali, en entrevista periodística, resumió con denuedo su tesis de que el dominio del agua se convertiría en candente fuente de conflictos internacionales.

Como apropiado telón de fondo, desde su despacho se divisaba el río El Nilo, la portentosa corriente fluvial, que ha condicionado durante milenios la vida de los egipcios y de otros pueblos africanos a partir de su fuente primigenia del lago Victoria, un mar interior también compartido multinacionalmente.

Otros alertados politólogos han venido coincidiendo después en la potencial conflictividad de las fuentes acuíferas compartidas, reclamadas o pretendidas en un mundo caracterizado por saqueos y derroches de recursos no renovables, en el que ya se registran disputas y enfrentamientos por ese motivo. Con criterios egoístas países desarrollados trasladan por ejemplo sus industrias textiles a países pobres productores algodoneros para aprovecharse de las aguas que requieren en flujo constante, dilapidador, provenientes entonces de fuentes ajenas dominadas.

En nuestro país también tenemos por delante una guerra que librar por el agua, pero sin ejércitos ni cañones, sino con inteligencia y sentido común en pos de su conservación y uso racional, que requiere de cada uno de nosotros forjar una sensibilidad sobre un asunto tan crucial.

Cierto día, contemplando alarmado cómo corría a raudales por una de las calles, un indeseable paisaje harto frecuente, hizo exclamar asombrada a una anciana que me acompañaba, en su propio tempo: «esto llora ante los ojos de Dios». Y al final pasó bastante tiempo para que los responsables de reparar la avería dieran solución al problema.

Pero si aspiramos a llevar la vigilia por el agua a las viviendas, no quedará más remedio que pensar en cómo facilitar el acceso estable a pequeñas soluciones como las zapatillas para las pilas y los flotantes de los depósitos, por solo mencionar las más socorridas, que casi se conviertan en actos de suerte o de magia, en un mercado en el que no falta la abusiva especulación al margen de los circuitos establecidos. De lo contrario, me temo que el enorme esfuerzo del trasvase pueda escurrirse por los conductos de la irresponsabilidad y la imprevisión.

Si no actuamos todos con sensatez, podemos, sí, vernos envuelto en un conflicto, pero con nuestra propia subsistencia, con nuestro desarrollo y bienestar. Acabemos de reconocer en serio el inconmensurable valor del agua.

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