Cortesías balcánicas

Autor:

Luis Luque Álvarez

«La sangre no llegó al río», suele decirse cuando un contencioso es resuelto sin que estalle la bomba. Eslovenia y Croacia tenían uno, que al parecer se ha desarmado, y ello ocurre ahora, ¡ahora!, a casi 20 años del inicio de la desmembración de Yugoslavia, aquel país no alineado del que ambos eran entonces repúblicas autónomas…

Todo indica que la sangre no teñirá esta vez al mar Mediterráneo, por cuanto Eslovenia, miembro de la Unión Europea desde 2004, ha quitado su veto a las negociaciones de adhesión de Croacia, que aspira a integrarse al bloque comunitario en 2011.

¿A qué venía el obstáculo de Ljubljana contra Zagreb? A que ambos países balcánicos se disputaban un trozo de mar: la bahía de Piran, de apenas 13 kilómetros cuadrados, pero que para los eslovenos representa casi la única vía de acceso a aguas profundas. El pasado año, el gobierno croata había enviado a Bruselas cierta documentación en que «dejaba caer» sus derechos sobre esa región, y su par esloveno, en reacción, fue tajante: en diciembre, paralizó las conversaciones de adhesión de su vecino, cuando todavía quedaban 14 capítulos por cerrar para dejarlo todo listo...

Ahora, la buena nueva es que ambos países se pusieron de acuerdo: Croacia retirará los dichosos textos, y Eslovenia levantará el veto. No hay detalles de cómo metieron de nuevo al genio dentro de la lámpara, pero el punto es que sus primeros ministros se dieron un apretón de manos, ¡y aquí no pasó nada!

Llama la atención el modo elegante en que se ha resuelto la cuestión: las dos partes convienen en que una instancia internacional, como lo había propuesto la Comisión Europea, arbitre en el diferendo y dé su veredicto posteriormente. Si en la historia de Europa, y en otras, los políticos hubieran empleado más las buenas maneras, millones de personas se habrían ahorrado tener que despachurrarse.

Sin embargo, el buen estilo de la ocasión no puede hacernos olvidar que, si el problema de la bahía de Piran llegó hasta hoy, fue precisamente porque en su raíz no hubo cortesías, sino violencia. Cuando, atizados desde el exterior, los yugoslavos empezaron a poner cercas entre unos y otros, a declararse independientes y a señalar con el dedo a Serbia —el «coco» del momento—, a ninguno le importó cómo quedaban las nuevas fronteras, si bien o mal delimitadas. La cosa era zafar, como quien recoge sus bultos y se marcha de la casa atropelladamente. Después se da cuenta de que dejó atrás algunas pertenencias…

La observancia de un texto básico para la paz en el Viejo Continente, el Acta Final de Helsinki, de 1975, hubiera servido para que pueblos hermanos se ahorraran malas caras. Dicho documento, en su artículo III, señala que las fronteras de los países europeos son inviolables: «En consecuencia, se abstendrán también de toda exigencia o de todo acto encaminado a apoderarse y usurpar todo o parte del territorio de cualquier Estado participante».

¿Fronteras inviolables? Sí, ¡pero no inalterables! Podían cambiar —han cambiado— si los interesados dialogaban, pactaban soluciones, satisfacían las preocupaciones de su entorno —típico ejemplo: la reunificación de Alemania, para la que hubo consultas con las potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial—, pero no por vía de los portazos sin despedida, que desgarraron a Yugoslavia y arrastraron otros problemas.

El de Croacia y Eslovenia ya ve la luz al menos. Otros —mucho más peligrosos— quedan en el cajón…

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