¿Destino de millones?

Autor:

Nyliam Vázquez García

Durante las últimas semanas, la naturaleza ha mostrado la más terrorífica de sus caras en Asia. En una de las regiones del planeta más densamente pobladas, tifones, inundaciones, sequías, terremotos, tsunamis, han dejado una larga lista de víctimas mortales y heridos, además de decenas de miles de desplazados. Quienes perdieron a sus seres queridos, ya no tienen casa y observan bajo escombros sus modos de vida, se sienten perdidos; tal vez esperan por las prometidas ayudas, de seguro ruegan porque un milagro borre tanta destrucción.

Poblaciones de la India, Vietnam, China, Samoa, Papúa (Nueva Guinea), la isla indonesia de Sumatra, Filipinas son algunas de las afectadas por los distintos fenómenos. Es cierto que la ayuda humanitaria no se ha hecho esperar en correspondencia con las solicitudes gubernamentales y el impacto en cada lugar, pero más importante aún sería un compromiso real y definitivo para poner freno al avance del cambio climático que, a fin de cuentas, es una de las causas fundamentales de esta situación.

Recientemente, expertos de la ONU reconocieron que el cambio climático aumenta las magnitudes y las frecuencias de los desastres vinculados con el clima, y más en Asia, calificada como zona caliente del planeta. Según explicaron, un habitante de esta parte del mundo tiene cuatro veces más posibilidades de convertirse en víctima de un desastre natural que un poblador de África, y 25 más que uno de Europa o América del Norte.

Una de las preocupaciones fundamentales ahora es la seguridad alimentaria, amenazada por la caída de los rendimientos agrícolas causados por inundaciones, sequías, precipitaciones erráticas y otros impactos del cambio climático, según una serie de informes sobre clima, energía y migraciones presentados por el Banco Asiático de Desarrollo, citado por IPS.

Si se tiene en cuenta que en Asia hay unos 2 200 millones de personas que dependen de la agricultura para subsistir, entonces queda claro que la furia de la naturaleza sobrepasa las consecuencias inmediatas. El impacto a largo plazo, igual de nefasto, podría ser la causa de futuros conflictos —como si no bastaran los actuales. Además de que compromete la subsistencia de las futuras generaciones.

A poco menos de dos meses para la controvertida y urgente Cumbre de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático en Copenhague, las malas noticias y peores realidades claman por un compromiso serio en ese escenario. En la capital danesa se aspira a llegar a un nuevo acuerdo obligatorio de reducción de emisiones contaminantes, sucesor del Protocolo de Kyoto, que expirará en 2012.

En esa cita, los países industrializados deberán concretar sus promesas y alinearse en función de la salvación de la especie. Muchas miradas se concentran en EE.UU., porque el mayor contaminante a nivel mundial, nunca ratificó su adhesión al  Protocolo suscrito en la ciudad japonesa.

Los últimos acontecimientos en el continente asiático prueban que el tiempo se agota. Mientras, millones de seres humanos esperan por que les cambie el destino para que sus hijos, nietos, bisnietos, puedan vivir. Ahora entierran a sus muertos, recogen escombros, buscan comida, juntan materiales para levantar nuevamente sus casas... para empezar de nuevo.

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