Donde dije Diego…

Autor:

Julio Martínez Molina

Que el ser humano reformula o modifica al paso de los años algunas de sus ideas, en virtud de un mundo cambiante el cual debe interpretar, es una verdad incuestionable.

Mas, de ahí a remodelar todo su cuerpo de pensamiento hasta desdibujarse en el recuerdo lo que algún día fue aquel y contornearse las líneas de una nueva mentalidad, reacia a validar antaños principios y convicciones, va no solo una larga distancia sino un cambio de denominación de su actitud.

La inconsecuencia con los ideales, vista en tanto presunto intelectual de izquierda que abandonó su bote ideológico luego del colapso esteeuropeo, pasa a mi modo de ver por algo esencial llamado ausencia de vergüenza.

En uno de sus artículos, el teólogo de la Liberación brasilero Leonardo Boff habla de cómo la vergüenza condiciona la fuerza moral de una causa:

«Benjamín Franklin (1706-1790) fue (...) uno de los padres fundadores de la patria estadounidense y un participante decisivo en la elaboración de la Constitución de 1776.

«Ese mismo año fue enviado a Francia como embajador. Frecuentaba los salones y era celebrado como sabio hasta el punto de que el propio Voltaire, ya anciano de 84 años, salió a recibirle en la Real Academia.

«Cierta tarde, se encontraba en el Café Procope de Saint-Germain-des-Près, cuando irrumpió salón adentro un joven abogado y revolucionario, Georges Dantón, diciendo en voz alta para que todos lo oyesen: “El mundo no es más que injusticia y miseria. ¿Dónde están las sanciones?”.

«Y dirigiéndose a Franklin le preguntó provocativamente: “Señor Franklin, ¿por detrás de la Declaración de Independencia norteamericana, no hay justicia, ni una fuerza militar que imponga respeto?”. Franklin serenamente contestó: “Se equivoca, señor Dantón. Detrás de la Declaración hay un inestimable y perenne poder: el poder de la vergüenza (the power of shame)”».

El mundo toma el café cada mañana ante periódicos que reproducen los rostros y nombres de transfuguistas ideológicos de toda laya (políticos, intelectuales, periodistas…), quienes trocaron de súbito, o de a poco, su pensar.

Javier Ortiz, columnista del diario español Público, sostiene con razón que «por lo general, se trata de gente que no decide sus actos en conformidad con un determinado ideario, sino que primero actúa ateniéndose a sus intereses materiales y luego idea doctrinas que le permitan darse cierta prestancia conceptual.

«Llama la atención que la fauna intelectual española, siendo de por sí tan escasa, esté tan poblada de estafadores», alerta el periodista sobre un fenómeno para nada privativo de allí, y en torno al cual han dilucidado no pocos pensadores contemporáneos.

Los cambiacasacas de la opinión, a quienes no está inmune ningún sistema político o geografía, suelen dar bandazos espeluznantes que resignifican hacia el campo de lo mendaz e ilegítimo toda una, casi siempre, punzante retórica de vida previa. Puros personajes de Voltaire y G. B. Shaw.

Algunos intelectuales otrora portadores de un discurso críptico —solo apto para cenáculos— no dudan en descender al registro más popular, y canonizar expresiones que en la práctica tupen los movimientos de flujo y reflujo del desarrollo socio-cultural, para asombro de sus lectores.

Unos opinan de todo y a veces sin venir a cuento, incluso hasta en virtud de alteraciones emocionales en sus trayectos de vida.

Otros desbarran al mejor postor de todo cuanto defendieron antes en sus vidas, incluso credo.

Lo que sí se sabe, desde siempre, es que los cambios de timbre de un inconsecuente nunca encierran mucho rango de pureza en el mensaje.

 

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