Tomar nota

Autor:

Hugo Rius

Espantado revisé abundante información digital española sobre la violencia intrafamiliar en la que se constata que las agresiones de hijos a padres tienden a sobrepasar la más habitual de progenitores a menores.

El creciente fenómeno ha proyectado señales de alarma a psicólogos, educadores, trabajadores sociales, fiscales y jueces, en procura de identificar los diversos factores concurrentes en actos que van desde desplantes y amenazas hasta daños físicos con graves desenlaces hospitalarios. El promedio de edad de los actores se sitúa entre los 14 y 15 años, pero los hay con apenas siete.

Un primer acercamiento lo atribuye a ese péndulo que va del autoritarismo paterno de generaciones anteriores a una permisibilidad de las actuales, entre un «No» a casi todo y un «Sí» demasiado complaciente debilitador de autoridad.

Este preocupante escenario familiar de «pájaros tirándole a la escopeta» se expande sobre todo en sociedades urbanas consumistas donde, en opinión de especialistas la adquisición de bienes materiales se convierte prácticamente en razón de ser, gracias a una continua publicidad comercial, posicionada con fuerza en los medios masivos, que rompe los diques entre las ofertas de artículos en verdad necesarios para mejorar la existencia vital y los que solo poseen un valor ostentativo, y cuanto más caros más apetecibles.

En entornos tan permisivos y con padres en idéntica frecuencia, los niños aprenden pronto que a ellos solo les basta con abrir la boca para expresar deseos, que sus progenitores correrán raudos a complacerles, sin diálogos ni razonamientos por medio, más bien como virtuales esclavos al servicio de tiranuelos familiares en incubación. Entonces la negativa y la oposición se sancionan con la violencia, en una espiral desde la «perreta» y el chantaje hasta las humillaciones y las golpizas. Así nadie se apropiará del sentido de los límites, el respeto, y el valor del trabajo para la adquisición de bienes.

Algunos estudiosos describen esas conductas paternas y maternas como «todo por nada»; es decir, regalar todo lo que se les pida sin reclamar comportamientos y resultados escolares. Quién sabe si se deba a una disparatada interpretación de la Declaración de los Derechos de la Niñez, o del acertado criterio de los psicólogos de fomentar personalidades independientes.

Nuestra sociedad no debe permanecer ajena al fenómeno, y por ahora ha de reflexionar en torno a ello, por lo que atañe a la permisibilidad, corrientemente racionalizada en aquello de que «como tuve una infancia desgraciada, no quiero que a mis hijos le falte nada», lo que tal vez se deslice hacia un resbaladizo idilio con lo material por encima de todo.

Admito que, en efecto, pudo haber infancias en realidad infelices, aunque también en ocasiones ese período formativo de la vida se tiende a evocar con exageración por alguna que otra desmemoria, que borra amor, apoyo, guía y legados de virtudes con los que hemos viajado hasta hoy, y que recibimos muchos de mi generación, en hogares pobres de otros tiempos, mucho más difíciles que los presentes.

De cómo se fomenta un inesperado giro de la violencia intrafamiliar, a la luz de experiencias ajenas, hay que tomar nota.

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