Cadáver público*

Autor:

José Aurelio Paz

A Héctor Castañeda, por haber dado, con su vida, cuerpo a esta historia

Yo asistí a mi propio funeral. ¿Quién no ha tenido esa aspiración morbosa de saber lo que la gente dice y piensa de uno, luego de quedar reducido a palabra tan poco musical para nuestro idioma como la de «occiso», que bien pudiera ser una derivación, por uso y abuso, del término «ocioso»?

Tres meses hacía que aquellos apuntes dormían su muerte. Por ese lógico «tira y jala» de las gavetas del buró de un periodista maniático, ansioso e histérico por el apremio del cierre, la entrevista de aquel sesentón, que de fotógrafo se había estrenado en su vejez como escultor, había sido sepultada en esa zona free que existe entre uno y otro cajón del mueble.

Aquel mediodía me halaba mis pocos pelos por no tener nada con qué llenar la página del periódico. A una hora de enviar el diario a imprenta, la blanca cuartilla, frente a mí, era una mala palabra. Fue el instante en que descubrí los estrujados apuntes salvadores. Un acordeón de garabatos que hicieron música en mi oído. ¡Cómo había podido olvidar el entusiasmo y la humildad del escultor en ese boceto de entrevista!

Tomé el teléfono y, de inmediato, lo llamé. Luego de pedir disculpas por mi imperdonable olvido, le prometí que su rostro estaría, a la mañana siguiente, sonriendo desde cada estanquillo, pero requería precisar un dato: el número de infartos a los cuales había sobrevivido. «Fueron tres las ocasiones en las que me tiré del tren», me dijo con un jovial tono, quizá por la cercanía de su casa a la hermosa estación de ferrocarril de Morón. Contó, además, que estaba muy feliz. La noche anterior había inaugurado su primera exposición personal y hasta recibió un reconocimiento de las autoridades locales.

Prometí, entonces, que a primera hora estaría frente a su casa. Como desagravio llevaría un par de ejemplares de la edición y unas fotografías de regalo. Él, a su vez, prometió algo que no ocurrió en la primera ocasión debido a las escaseces del período especial y lo reducida de la cuota; «ensillaría» su cafetera sobre la hornilla y el «negrito» más caliente de la casa haría su fiesta dentro de una reluciente taza. Y con la premonición del olorcito del café tomándome por el narigón comencé a cavar sobre la impecable hoja de papel, como quien encuentra el lugar exacto del cofre, sin saber que acababa yo de recibir, en mis propias manos, la terrible Mota Negra.

El ángel, que pende de la oreja de cualquier periodista para susurrarle cada palabra en el acto propio de la creación, se transmutó, de pronto, en demonio. Comenzó a dictarme cada frase con la precisión de un orfebre. Mas la oración final tendría que ser un knock-out espectacular que dejara inconsciente, sobre la lona, al mismísimo olvido: «Y este hombre nunca va a morir del corazón, porque su corazón estará tallado en la madera», me dijo y escribí con la convicción de que no había mejor cierre.

Amaneció. Con los periódicos debajo del brazo fui a visitarle. La casona palaciega donde vivía el artista era un silencio de redonda, esos que más duran en cualquier lectura musical. Toqué a la puerta y hubo una larga espera. Una demacrada señora entreabrió, a desgano, la puerta. Su cara era puro teatro isabelino.

Pregunté por el hombre con cara de cumpleaños. «No, él está en la funeraria», me respondió la mujer como quien bota lastre por la borda del alma para no hundirse en el vacío. Un suspiro coronó aquel réquiem que yo no había traducido. «Mire, entréguele de mi parte estos periódicos…», dije.

«No, él no regresa…» —se apresuró a contestar a sabiendas de que yo no había entendido nada—. «Él está tendido en la funeraria», logré escuchar como si su voz también se hubiera ido. «Pero, ¡cómo sucedió eso!», atiné a balbucear apenas, cual vago eco del desastre que intuía. «Sonó el teléfono cuando ya estaba el almuerzo servido. Conversó por un momento y vino feliz a la mesa. Con la primera cucharada en la boca cayó muerto sobre el plato».

Sufrí, en ese instante, la rigidez de sus esculturas. Esa sensación de querer ser y no ser nada. Advertí que, también, estaba yo muerto o a punto de «largar el piojo». Un extraño «saliveo» me supo a arsénico y encaje antiguo. Era la palma partida por el rayo que ilumina y mata, un «coppelita» derretido, picadillo de soya fuera del frío… Pensé que el difunto me servía el café en otro sitio y un dolorcito se me clavó en el pecho, mientras, con voz de hormiga, preguntaba: «¿Y de qué murió, señora?».

«Infarto masivo, escribió el forense. No hubo tiempo a nada», dijo secamente y con rabia, mientras se hacía la única pregunta que yo no quería que se hiciera: —«¿Quién habrá sido el inoportuno que lo llamó cuando los chícharos ya estaban servidos en la mesa?».

*Mención en el Concurso de Crónicas Enrique Núñez Rodríguez 2009.

 

 

 

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