Entender a esa otra «pasta»

Autor:

Marianela Martín González

Como botella al mar, el renombrado estudioso de la comunicación Jesús Martín-Barbero lanzó esta semana desde nuestra Isla un llamado al mundo para entendernos mejor con los jóvenes.

Pidió no responsabilizarlos con el conformismo y la desmemoria. Y ayudarlos a construir una universidad «de carne y hueso», como antídoto ante los centros de altos estudios erigidos por el capitalismo para los niños de papá, donde el saber popular se inhuma entre el dinero y el empleo de las necesarias y esclavizantes tecnologías.

Adiestrarlos en el profundo ejercicio de cribar, para que los muchachos no se confundan con tanta información banal circulante en Internet, fue una de las urgencias remarcadas por este conocedor del arte de llegar al corazón de las multitudes con códigos como balas, depuradas del consumismo.

Este hombre, reverente con el torbellino que habita en los jóvenes de nuestro tiempo, propuso a los adultos conocer mejor a sus muchachos, no con una simple observación participante, sino metiéndonos con ellos a investigar en serio qué significa recordar, pretender, saber, soñar, cambiar…

Casi llevada de un ala por sus utopías, tuve la posibilidad de visitar un lugar donde este colombiano seguramente hubiera sido feliz. Allí, alumnos de segundo año de Telecomunicaciones, de la CUJAE, brindaban su aporte a la economía. Dos profesores, solo tres o cuatro años mayores que sus discípulos, los acompañaban.

No había escenario más privilegiado para poner en práctica lo propuesto por el académico. Aquello era idóneo para entender a los jóvenes y corroborar, como él dijera, que «están hechos de otra pasta, porque el mundo que les toca vivir está también hecho de otras pastas».

En 30 días aprendieron a conocerse mejor. Develaron misterios de su sensibilidad y hasta su sensualidad. Conocieron —interactuando con los guajiros de la zona, el sol, el rocío, la tierra y los perros sin pedigrí— el valor del trabajo y lo que cuesta llevar una vianda a la mesa.

A punta de lápiz calcularon cuánto podían gastar para alimentarse, de acuerdo con lo ganado. Tributaron a la escuela parte de sus ganancias para invertirlas en el mejoramiento de las condiciones de vida. Espantaron el estrés para batirse vigorosamente muy pronto con la asignatura de Cálculo.

«Los latinoamericanos no disfrutamos estando solos. Debe ser un defecto genético, pero nos sentimos a gusto cuando estamos juntos», dijo Martín-Barbero en su razonamiento. Aquel piquete de muchachos «descamisados» en su modo de decir, lo demostraron. Mi generación también pensaba así, aunque empleara otros códigos para comunicarse. Quizá más ortodoxos en relación con lo establecido por la Real Academia de la Lengua Española, pero igualmente inquietos para las generaciones que nos antecedían.

Aquel día en Artemisa, aunque carente del don de la ubicuidad, pero gracias a la memoria, pude estar al unísono en una butaca, escuchando al estudioso, y en el surco con aquella muchedumbre escandalosa que me devolvió un poco mejor.

Mientras almorzaba con ellos oí tantas frases ocurrentes, osadas, algunas hasta incomprensibles...

Fui más tolerante que nunca. Tal vez porque aún resonaba en mí la sentencia de Barbero: «La gente común ha inventado más palabras que los poetas».

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