El 992

Autor:

Luis Raúl Vázquez Muñoz

El ómnibus 992 salió en hora: 12:25 p.m. Un poco más tarde, después del despacho en la Terminal de La Coubre, el carro dejó a un lado el tráfico incesante de La Habana y enfiló por la Autopista Nacional con destino a Ciego de Ávila. Era el 26 de octubre.

Al parecer el viaje no tendría sobresaltos. El cielo mostraba un color plomizo y el calor era un olvido con el aire acondicionado. Algunos hasta empezaron a sentir el alivio del sueño, cuando una voz imperiosa dijo: «Compañeros, tenemos que apartarnos».

Era uno de los conductores. La alarma provenía del centro y las miradas se dirigieron allí para observar a un hombre mayor de edad y delgado, que jadeaba con el rostro pálido y bañado en sudores. El conductor le indicó al chofer: «Dale para el hospital más cercano y olvídate del atraso». Y caminó hacia el pasajero. «Compadre, no se preocupe. Todo va a salir bien», le dijo.

Por suerte las desgracias mayores no llegaron. En el ómnibus viajaba el doctor Iván, director de la Clínica Internacional del polo turístico Jardines del Rey. Él auxilió al enfermo junto con otros pasajeros y los conductores, incluso cuando el carro debió detenerse para ofrecer mejor asistencia al enfermo.

El periodista, en aras de mantener su anonimato y reforzar su condición de viajero, obvió las preguntas. Porque los hechos se mostraban como la punta del iceberg, cuyas porciones mayores se encuentran bien sumergidas y a veces obviadas, aunque latentes.

Una de estas es el potencial no usado en el país para propiciar un cambio en los servicios. Seguimos atados a la tecnología. Imaginamos —aunque se declare lo contrario— que el cambio de equipo determinará una mayor calidad, cuando lo principal y primero que se debe transformar son la mente y la idoneidad de las personas.

No deseamos santificarlos; pero conductores como los del 992, con esa disposición al servicio desde su autenticidad como ciudadanos, deberían extenderse no por un acto biotecnológico, sino por una selección que evidencie distancias con ese campañismo que muchas veces permea nuestros actos.

Y es que detrás de esa autenticidad se esconde lo más importante de este episodio: la verdadera dimensión del cubano. Así es: con tantos palos que nos da la vida, con tantos entuertos en la cotidianidad y los hijos de esta Isla siguen apegados a la fórmula del amor, que es la de esta Revolución.

El hecho bien podría contraponerse con aquella escena de Babel, la película de Alejandro González Iñárritu, en la que el personaje interpretado por Brad Pitt debe enfrentarse a unos iracundos pasajeros, dispuestos a no esperar más en esa aldea perdida en el desierto y continuar viaje sin importarles el estado de la esposa del hombre, convaleciente por una herida de bala. Eso, ni por asomo, sucedió en este viaje al centro de Cuba.

Ahora Alcides —el enfermo— habrá contado a sus familiares y amigos cómo el trastorno hepático que padece le jugó la mala pasada y le provocó la sensación de un infarto cardíaco. No obstante, en la crónica seguro que está el agradecimiento que hizo antes de llegar al poblado de Cabaiguán.

Primero pidió disculpas por las molestias, y varias voces se oyeron: «Olvida eso, compadre». Luego, en medio de palmadas y comentarios en broma, agradeció al doctor, a los conductores y a los demás. Por último anunció: «Ahora sí tengo la esperanza de llegar a los 120 años…». Y fue a decir más, pero no pudo. Los aplausos ahogaron las palabras.

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