Omara, bajo la tibia sensación de tu premio

Autor:

Alina Perera Robbio

Tres veces dijo «gracias» sobre el escenario. Con la misma franqueza y calor de su sonoridad deslumbrante. Y fue suficiente. Porque a los seres marcados por la inmensidad les basta un simple gesto para develar la fibra. Con toda Cuba en ella, Omara Portuondo nos llenó de orgullo mientras en los televisores de la Isla, esta semana, asomaba su imagen en un hotel de Las Vegas, Estados Unidos, durante el anuncio de que había ganado el premio Grammy Latino, en la categoría de mejor álbum tropical contemporáneo, correspondiente a la décima edición de ese certamen.

Fue una noche grande que premió también a Chucho y a Bebo Valdés. En el lugar de los hechos, la diva de los sentimientos, con una voz que no se ha marchitado a pesar de sesenta años de entrega a la música, ha sido la primera cubana residente en la Isla que ha acudido a la ceremonia de los Grammy Latino y se alzó con un gramófono dorado. La vimos, en la hora de pronunciar palabras por el premio recibido, con su autenticidad de siempre. Y comprensiblemente emocionada, porque solo ella sabe cuántos pensamientos sobrevinieron en ráfagas y estremecieron su corazón mientras era el rostro visible de un buen suceso: el rompimiento del muro de los prejuicios, de una obsesión que ha pretendido aislar hasta nuestra melodía.

Mientras esas noticias nos llegaban, en Estados Unidos salía a la luz un informe con las cifras, en dólares, que un grupo de lobbistas anticubanos han repartido entre congresistas de los dos partidos de la política norteña, para mantener el bloqueo contra la Isla e impedir que los norteamericanos viajen a Cuba.

Una palabra breve y profunda salió de los labios de Omara en las horas cercanas a los instantes de la ceremonia: Paz. La pronunció durante una entrevista periodística. Reparó en que es «pequeña», en que solo tiene «tres letricas» y aún así, reflexionaba, significa mucho, es importante. Lo dijo después de confesar que es algo hermoso ser embajadora de buena voluntad entre Cuba y Estados Unidos, y con eso contribuir a la paz.

¿Por qué nos estremeció verla sobre el escenario; a Ella, para quien la música es intangible pero a la vez poderosa pues se siente y toca almas y une a pueblos por encima de toda frontera? La explicación está en que no solo se trata de un triunfo personal tras sufrir en carne propia seis años de barreras absurdas, sino de una victoria que la trasciende. La razón también radica en que le creemos cuando dice que se trae el premio a su casa grande para compartirlo, pedacito a pedacito, con todos los suyos. Y si hiciera falta otro argumento, digamos que millones de cubanos nos reconocemos en Ella, expresión condensada de nuestras raíces y anhelos.

Muchos que hasta hoy se habían perdido el gozo de ver a una criatura de este lado de las aguas en ciertos escenarios de triunfo, se darán de bruces con una vieja verdad: aquí también crece el talento, y en grande. Y no pocos tendrán que meditar: Si esa novia del feeling es metáfora de los suyos, entonces esos a los que han querido castigar por «peligrosos», son toda sensibilidad y se mueren por vivir.

Como tantas veces hemos cantado con Omara, nosotros perseguimos que —a pesar de toda adversidad y encrucijadas que nos niegan el agua y la sal— lo que nos quede por vivir sea en sonrisas. Ignorar nuestras profundas intenciones sería de una miopía lamentable.

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