Panamá, ¿otra pieza?

Autor:

Marina Menéndez Quintero

Al parecer, no tranquilizaron las seguridades dadas por las autoridades de Panamá de que las cuatro estaciones navales que se abrirán próximamente allí serán absolutamente nacionales, dirigidas por la policía local y con el único propósito de crear un «escudo contra el narcotráfico».

Desoyendo esas garantías —o tal vez como advertencia para que sean ciertas—, estudiantes y militantes juveniles se apostaron esta semana en una concurrida avenida de Ciudad de Panamá, donde se manifestaron contra las «bases militares».

Puede que otros sectores compartan su reacción y también, que la incredulidad no sea su culpa. El foquito de alarma empezó a parpadear desde octubre, cuando se divulgaron declaraciones del ministro panameño de Gobierno y Justicia, José Raúl Mulino desde los propios EE.UU., en las que adelantaba noticias sobre un acuerdo con Washington para establecer bases militares. Ahora, el cambio de información— o la rectificación de algo no entendido— no logra evaporar las dudas. ¿Estaciones navales nacionales, o bases militares con participación extranjera?

No hay que hurgar para ver las raíces del sentimiento antiyanqui que animó a los manifestantes. La salida de los marines que desde principios del siglo pasado ocuparon la zona del Canal —incluso era personal civil de EE.UU. el que administraba y manejaba las esclusas— fue un clamor popular y completamiento de la soberanía istmeña que solo terminó de concretarse en 1999, la fecha fijada en los Tratados que firmaron, en 1977, el general Omar Torrijos y el entonces presidente norteamericano James Carter. En medio de esos años de espera tensa y resistencia para que los acuerdos no fueran revertidos, la invasión yanqui de 1989 abrió nuevas heridas y —¡como si hiciera falta!— mostró otra vez a los panameños la garra imperialista.

Tampoco es el recuerdo lo único que pesa. Un discurso pronunciado hace unos días, en un acto oficial, por el ex diplomático, jurista y presidente del Servicio Paz y Justicia de Panamá, Julio Yao, intentaba advertir sobre el uso que podrían dar los militares yanquis a las mencionadas instalaciones «policiales», aunque con Washington no se firmara ahora algún pacto. Según Yao, diversos acuerdos suscritos los últimos años por distintas administraciones panameñas y EE.UU., servirían ya para justificar su uso por los norteamericanos.

El asunto quema cuando Latinoamérica es amenazada por el acuerdo entre Washington y Bogotá que concede acceso, libertad de movimiento y de operatividad a los enviados del Pentágono en el territorio andino aunque, formalmente también, las bases que usen sigan siendo colombianas. Según la advertencia de Yao, Panamá hasta podría ser la entrada «natural» a la nación vecina para esos contingentes que se avecinan.

Mirar lo que ocurre un poco más allá también explica los recelos. El pedido de Barack Obama al nuevo primer ministro de Japón para que mantenga allí a los militares estadounidenses, aún a contrapelo de las promesas electorales del mandatario nipón y del sentir de su pueblo, ilustra la prioridad que tiene para el Pentágono asegurar a sus hombres en los sitios del mundo donde están, y repartirlos mejor.

Una tarea similar parece estar cumpliendo la secretaria de Estado, Hillary Clinton, durante sus recientes giras por África y países del Medio Oriente y de Asia a los que ha ofrecido ayuda «contra el terrorismo», como parte de una «cooperación» que asegure la estancia a sus soldados.

Los hechos remiten a documentos como el llamado Libro Blanco del Comando de Movilidad Aérea de EE.UU., presentado por Hugo Chávez a la UNASUR a tenor del acuerdo colombiano, y cuyas recomendaciones parecen cumplirse tan puntualmente.

Allí se identifica como «áreas de interés» al suroeste y el sureste asiático, a Corea, África, Eurasia e Indonesia. Y es cuando entra en juego Sudamérica, cuya inclusión en lo que el Comando llama «la estrategia de tránsito global» busca, dice, dos resultados: el segundo de ellos, ayudar en la «ruta de movilidad» hacia África. Y el primero, ejecutar la «estrategia de compromiso regional». ¿Cuál es esa «estrategia» para América Latina? ¿Qué «compromiso? Esperemos que no quieran convertir a Panamá en otra pieza de ese engranaje con que Washington apunta a recuperar su hegemonía sobre los latinoamericanos, y perfeccionar su dominio mundial.

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